Mas allá de la calidad de producción que caracteriza a
determinados terruños famosos, existen
nombres que están ligados al vino
de manera universal. Esa unión entre la gracia de ciertas regiones con sus
vinos es uno de los elementos más fuertes en la construcción de prestigio y
aceptación comercial.
Muchas veces se escucha decir que las regiones vitivinícolas
argentinas no son todavía conocidas ni están explotadas como tales. Pero tal
apreciación es errónea por partida doble. En primer lugar, la ya consolidada
marca país “Argentina” comienza lentamente a volverse más sofisticada por el
número creciente de visitantes extranjeros que la recorren, conocen sus
bellezas naturales, comen en sus restaurantes y consumen sus vinos. Aquello de
que nuestro país es confundido con otros o que nos encontramos en un rincón
olvidado de la tierra podía tener sustento hace una década atrás, pero en este
mundo global ha quedado completamente superado. Por otro lado, y yendo
específicamente a la cuestión de referencia, ya hay zonas del territorio
nacional que cuentan con un renombre
ciertamente notable. Mendoza, por ejemplo, es por sí sola una gracia que determina de inmediato la evocación de
viñedos, bodegas y vinos a nivel internacional. Por supuesto, todavía falta
avanzar en el conocimiento más profundo de sus diferentes terruños, dado que “Luján de Cuyo”, “Valle de Uco” o “San Rafael” son temas de
conversación en círculos reducidos, pero se trata de un proceso que sólo
demanda algo más de tiempo. Y esto es un hecho históricamente probado: hace 500
años se hablaba de Bordeaux y no se iba mucho más allá. Hace 200 comenzaron a
cobrar celebridad algunos terruños específicos como Medoc o Saint Emilion. Y
hace menos de 50 que los aficionados del mundo entero se ocupan de Pauillac,
Pomerol o Graves. Lo mismo, pero en un lapso mucho menor (globalización y
comunicaciones mediante), es lo que podría suceder con los terruños
vitivinícolas argentinos. Aunque en realidad, si uno observa bien, ya está
pasando.
Mencionamos a Mendoza por ser la provincia que mayor
trayectoria tiene al respecto y también porque es la que mejor hizo las cosas:
promovió el turismo, construyó la infraestructura necesaria, abrió los brazos a
las nuevas inversiones y le brindó a la vitivinicultura todas las facilidades
para hacer de ese terruño un “nombre” respetado y reconocido a nivel mundial.
Del resto sólo hay una (al menos a mi criterio) que está empezando a lograr
lentamente algo parecido, y es Salta. A través de algunas acciones decididas,
inteligentes y bien encaminadas, existe
una masa creciente de público que reconoce al lugar como la cuna de vinos con
una tipicidad propia y singular, con el Torrontés como punta de lanza. Por supuesto, el panorama se puede enriquecer
con cualquier elemento que refuerce la noción del territorio en su dimensión de
prestigio y tipicidad, tal como curre con las variedades. Hoy tenemos un
ejemplo a nivel nacional (Malbec) en convivencia con un puñado de ejemplos
provinciales, algunos bien consolidados (el ya citado Torrontés de Salta) y
otros aún en período experimental (Syrah de San Juan, Pinot Noir de la
Patagonia). Pero lo principal es que la marca país existe y goza de muy buena salud. Lo demás es
cuestión de poner la dosis de trabajo y creatividad que permita avanzar en algo
tan importante como lo es el desarrollo de la “marca terruño”. Porque el nombre del lugar, bien
entendido, pesa tanto como el vino.


1 comentarios :
Y a caballo de los grandes terruños cabalgan las nuevas regiones con vinos de una tipicidad aún más marcada debido al clima tan distante del cordillerano donde se desarrollan mas variedades.
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