CUANDO EL NOMBRE PESA, LO DEMÁS VIENE SOLO

Mas allá de la calidad de producción que caracteriza a determinados terruños famosos, existen  nombres que están ligados  al vino de manera universal. Esa unión entre la gracia de ciertas regiones con sus vinos es uno de los elementos más fuertes en la construcción de prestigio y aceptación comercial.





Los consumidores del Nuevo Mundo estamos acostumbrados a guiarnos por la marca de los vinos o, en última instancia,  por la variedad y el tipo básico de producto. Pero no ocurre lo mismo en Europa, donde la noción de la calidad  está ligada de manera incontrovertible al terruño y da forma a una idea generalizada de "vino - lugar". Un buen consumidor francés que compra una botella de Borgoña tinto sabe  seguramente que ese producto está hecho total o mayoritariamente con Pinot Noir, pero no lo compra por eso, sino porque es de Borgoña, con todo lo que ello significa. Por esa razón, los nombres muchas regiones, zonas y comunas del Viejo Mundo han adquirido a través de los siglos una sonoridad vínica inconfundible. ¿En qué otra cosa, sino en vino, piensa la gente cuando escucha hablar de Medoc, Champagne, Rioja, Jerez o Mosela, por ejemplo? De esa manera, los valores históricos, culturales y territoriales de ciertas comarcas están unidos estrechamente a una producción que las identifica, que les proporciona carácter y les brinda un lugar destacado en la consideración pública global. Sin embargo, independientemente de todos los elementos técnicos relativos a las normas de elaboración y certificación de los productos, subsiste ese elemento puramente nominal que produce la fascinación de la gente en todo el planeta. Se podría decir que son “regiones de culto” por simple mención. Y muchos agregarían, seguramente, que eso se debe a la dilatada trayectoria de terruños tan antiguos. Pero, ¿es sólo el transcurso del tiempo lo que hace legendarias a ciertas áreas vinícolas, o eso mismo se puede construir en un período relativamente prudencial?

Muchas veces se escucha decir que las regiones vitivinícolas argentinas no son todavía conocidas ni están explotadas como tales. Pero tal apreciación es errónea por partida doble. En primer lugar, la ya consolidada marca país “Argentina” comienza lentamente a volverse más sofisticada por el número creciente de visitantes extranjeros que la recorren, conocen sus bellezas naturales, comen en sus restaurantes y consumen sus vinos. Aquello de que nuestro país es confundido con otros o que nos encontramos en un rincón olvidado de la tierra podía tener sustento hace una década atrás, pero en este mundo global ha quedado completamente superado. Por otro lado, y yendo específicamente a la cuestión de referencia, ya hay zonas del territorio nacional que cuentan con un renombre  ciertamente notable. Mendoza, por ejemplo, es por sí sola una gracia que  determina de inmediato la evocación de viñedos, bodegas y vinos a nivel internacional. Por supuesto, todavía falta avanzar en el conocimiento más profundo de sus diferentes terruños, dado que  “Luján de Cuyo”,  “Valle de Uco” o “San Rafael” son temas de conversación en círculos reducidos, pero se trata de un proceso que sólo demanda algo más de tiempo. Y esto es un hecho históricamente probado: hace 500 años se hablaba de Bordeaux y no se iba mucho más allá. Hace 200 comenzaron a cobrar celebridad algunos terruños específicos como Medoc o Saint Emilion. Y hace menos de 50 que los aficionados del mundo entero se ocupan de Pauillac, Pomerol o Graves. Lo mismo, pero en un lapso mucho menor (globalización y comunicaciones mediante), es lo que podría suceder con los terruños vitivinícolas argentinos. Aunque en realidad, si uno observa bien, ya está pasando.


Mencionamos a Mendoza por ser la provincia que mayor trayectoria tiene al respecto y también porque es la que mejor hizo las cosas: promovió el turismo, construyó la infraestructura necesaria, abrió los brazos a las nuevas inversiones y le brindó a la vitivinicultura todas las facilidades para hacer de ese terruño un “nombre” respetado y reconocido a nivel mundial. Del resto sólo hay una (al menos a mi criterio) que está empezando a lograr lentamente algo parecido, y es Salta. A través de algunas acciones decididas, inteligentes y bien encaminadas,  existe una masa creciente de público que reconoce al lugar como la cuna de vinos con una tipicidad propia y singular, con el Torrontés como punta de lanza.  Por supuesto, el panorama se puede enriquecer con cualquier elemento que refuerce la noción del territorio en su dimensión de prestigio y tipicidad, tal como curre con las variedades. Hoy tenemos un ejemplo a nivel nacional (Malbec) en convivencia con un puñado de ejemplos provinciales, algunos bien consolidados (el ya citado Torrontés de Salta) y otros aún en período experimental (Syrah de San Juan, Pinot Noir de la Patagonia). Pero lo principal es que la marca país  existe y goza de muy buena salud. Lo demás es cuestión de poner la dosis de trabajo y creatividad que permita avanzar en algo tan importante como lo es el desarrollo de la “marca  terruño”. Porque el nombre del lugar, bien entendido, pesa tanto como el vino.


1 comentarios :

Walter Alvarez dijo...

Y a caballo de los grandes terruños cabalgan las nuevas regiones con vinos de una tipicidad aún más marcada debido al clima tan distante del cordillerano donde se desarrollan mas variedades.