Pocas regiones vitivinícolas argentinas han acaparando tanto interés como el Valle de Uco, que tuvo un auge inusitado de proyectos vinculados a la compra, instalación y desarrollo de viñedos y bodegas. Pero, más allá del negocio en sí mismo, ¿cuáles fueron los motivos de ese fenómeno?
Desde 1990 hasta hace
un par de años, la Argentina se
convirtió en uno de los destinos favoritos para las inversiones vitivinícolas.
En su momento, tanto los protagonistas locales como los extranjeros se vieron
atraídos por las buenas condiciones naturales para producir uvas y vinos de
calidad, pero también por el precio de las tierras y el bajo costo de la mano
de obra (repito: en su momento). Recordemos que, allá por Diciembre de 2001, la
crisis económica del país desembocó en una fuerte devaluación de la moneda que
perdió terreno rápidamente frente al dólar y el euro. Pero, por aquello de que
“la crisis genera oportunidades”, esto resultó positivo para la
vitivinicultura. De esa manera, el nuevo siglo trajo consigo una verdadera
avalancha de capitales que no fue casual: sin quererlo, la devaluación había
colocado a los vinos argentinos en una
posición muy competitiva para la exportación, mientras que, una vez pasados los
efectos más duros de la crisis, el mercado local comenzó a recuperarse
rápidamente. En ese orden de cosas, no hace falta ser un analista del tema para
darse cuenta de que la radicación de nuevos emprendimientos no resultó para
nada uniforme en términos geográficos. Así, el Valle de Uco concentró la mayor
cantidad y variedad de empresas, que lo
eligieron para plantar sus viñedos y/o instalar sus bodegas productoras. A
grandes rasgos, fueron más de medio
centenar los proyectos involucrados en la región, teniendo en cuenta el que
entonces era un ventajoso costo de la tierra, menor al de las zonas muy
cercanas a la ciudad de Mendoza, como Luján de Cuyo. Todo ello, desde ya,
ayudado por sus innegables condiciones naturales para producir uvas y vinos de
excelente calidad.
El Valle de Uco tiene
prácticamente asegurado un clima marcado por la amplitud térmica, la excelente
radiación solar, las noches frescas, la ausencia de contaminación y la
prolongación del período de madurez. Como resultado, las uvas que crecen y
maduran en ese entorno producen vinos profundos, intensos y francos, que ven
potenciada su tipicidad varietal gracias a la conjunción de todos los elementos
naturales que proporcionan estructura, color, aroma y sabor. Mucho ayuda el
hecho de que en esa área se alcanzan las mayores alturas vitícolas de la
provincia de Mendoza, que llegan hasta los 1500 metros sobre el nivel del mar,
e incluso un poquito más. Tanto en Tupungato como en Tunuyán y San Carlos (los tres departamentos que lo
componen) se logra un período de madurez de la uva lento y equilibrado,
prolijo, en el que las variedades blancas generan todos sus aromas varietales
primarios y las tintas, además de eso, fijan en el hollejo los taninos y el
color que dotarán a los vinos de intensidad y estructura. Desde un punto de
vista casi de manual, los mejores ejemplares que se obtienen son aquellos
provenientes de cepajes con ciclo corto y medio de maduración, en especial
Semillón, Merlot y Pinot Noir, pero la realidad es que además existen
excelentes especímenes de Chardonnay y Malbec. Las características climáticas
reinantes permiten obtener vinos con una delicada acidez natural, muy frescos,
lo que los hace, como si todo lo anterior fuera poco, ideales como base para
espumantes.
Respecto a otras
variedades, las opiniones son encontradas. Algunos aseguran que los Cabernet
generan algo de resquemor por la dificultad para madurar los taninos, aunque es
difícil aseverarlo, ya que todavía no existe mucha experiencia al respecto. No
obstante, la búsqueda constante está ampliando el abanico con variedades nuevas
e incluso nunca antes plantadas en esas comarcas casi cordilleranas, que sin
duda continuarán generando satisfacciones durante los próximos años.
Foto: Flickr CC Aron Epstein
Foto: Flickr CC Aron Epstein

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