UNA DISCUSIÓN TAN ANTIGUA COMO EL VINO ARGENTINO

Aunque no siempre estuvo referida a los mismos problemas ni fue formulada en términos similares, la controversia sobre la situación  de los vinos argentinos se remonta a los orígenes de la industria. En diferentes épocas se planteó el debate sobre la realidad de nuestros vinos, de manera concomitante con los cambios sociales, culturales y económicos del país.






La vitivinicultura nacional ha pasado por etapas históricas perfectamente determinadas junto a las correspondientes épocas de cambios, donde sus protagonistas sintieron y expresaron su manera de ver las cosas, tanto como las ideas acerca de cuál era el camino que debía seguir la actividad para asegurarse el futuro. Los primeros debates sobre el vino argentino datan de la época en que el sector comenzó a cobrar las dimensiones de una auténtica industria, cuando la llegada del ferrocarril a Mendoza y San Juan en 1885 permitió una comunicación rápida con los principales centros urbanos del país. Con el arribo masivo de inmigrantes extranjeros llegaron también los capitales de riesgo, los conocimientos teóricos, las variedades europeas finas y las técnicas avanzadas de cultivo y vinificación. Las discusiones de entonces giraban en torno a dos problemas esenciales: el de la genuinidad (que involucraba también a los transportistas, distribuidores y minoristas, ya que el vino se comercializaba mayormente en barriles que facilitaban la adulteración en cualquiera de las etapas) y el de la composición del encepado. Este último era un tema de calidad, directamente. Existían aquellos que veían al sector como una industria masiva, de primera necesidad, que tarde o temprano alcanzaría a todas las clases sociales, mientras que otros consideraban  necesario mantenerla dentro de los parámetros europeos tradicionales, y especialmente franceses. Resumido, el debate se centraba en " uvas criollas o uvas europeas", como síntesis de la dicotomía "cantidad o calidad". Bien o mal, afortunada o desafortunadamente, el tiempo terminó dándole la razón a los primeros durante el medio siglo transcurrido entre 1940 y 1990.

Precisamente, aquellos años fueron testigos de una transformación medular en la manera de hacer, promocionar, vender y consumir el vino argentino. Mientras que la gama de los finos empezaba a estancarse dentro en un grupo reducido de etiquetas producidas por las mismas bodegas, el vino común crecía a pasos agigantados merced a las nuevas necesidades de consumo: una bebida barata para acompañar la comida de la población urbana. En semejante contexto, el vino de mesa no tardó en engullirse al vino de calidad, cuya agónica subsistencia se debió a los esfuerzos de un puñado de establecimientos que no resignaron nunca su filosofía de hacer las cosas. Promediando la década de 1960, el consumo per cápita anual llegó a la friolera de 92 litros e incluso más, casi el triple de lo que se consume actualmente. Sin embargo, el principal debate de la época no se enfocaba en un tema de calidad, sino en el intervencionismo estatal. Desde comienzos de los años treinta el estado comenzó a tomar parte activa en la industria, inicialmente en el papel de regulador y luego como propietario de viñedos y bodegas, posición que le permitió incluso fijar precios. No obstante, ese paternalismo llegó a su fin hacia 1990, cuando el derrumbe de la vitivinicultura masiva se produjo en medio de tremendas modificaciones políticas y económicas. Y una vez más serían los capitales privados los encargados de volver al negocio para revitalizarlo, pero desde una perspectiva completamente diferente.

Como podemos ver,  las discusiones del pasado tuvieron como ejes a distintas problemáticas que hacían a la supervivencia misma de la actividad. Entre 1885 y 1930 se planteaba el modelo de vitivinicultura a seguir. Entre 1940 y 1990, con diferentes matices, la discusión pasó por la intervención del estado. En la última década del siglo XX las cosas fueron demasiado rápidas, tanto como para suponer que no hubo debate alguno. Pero no es así, ya que apenas hace unos años estábamos hablando de bajar las producciones por hectárea, del parral o el espaldero, de los toneles antiguos o las barricas nuevas. Hubo, de hecho, un amplio y sano disenso, que permitió modelar el estilo predominante de vinos que hoy triunfa en el exterior. La discusión del nuevo milenio tiene, en cambio, un aire expertisse mucho más acentuado. El mayor o menor grado de uniformidad que presentan los vinos argentinos no es un tema de interés para el consumidor nacional promedio por una razón muy simple: está circunscripto a un grupo de etiquetas cuyos precios apenas son transitados por el público local. Se trata, por así decirlo, de un asunto para entendidos y fanáticos. Pero no por ello dejo de tener  importancia en los mercados externos, donde nuestro país está siendo atentamente observado. Los principales mercados de Primer Mundo del vino, en este mismo momento, se encuentran inmersos en una controversia similar, relativa a la globalización de estilos que parece ganar terreno cada día frente a la singularidad de regiones, variedades y bodegas. Así, aunque pase prácticamente desapercibido  en nuestro territorio, el camino que siga la Argentina no tardará en tener un impacto considerable de las fronteras hacia afuera.

Foto: Flick CC Daniel Garcia Neto

0 comentarios :