La crisis que
enfrenta el vino es global y se da por una simple razón que muchos anticipaban
pero que todos temían reconocer: la producción mundial ha llegado a ser
tremendamente superior a la demanda
Hace algunos años, muchos
sugerían que el Nuevo Mundo del vino
pronto por llevaría por delante al Viejo, pero los tiempos actuales permiten
afirmar que no hay nada más alejado de la realidad. La situación crítica de la
vitivinicultura internacional es igualmente visible en todas partes, aunque los
diferentes países no se ven afectados por igual. Pongamos un ejemplo: la
producción Europea está muy atomizada entre cientos de miles de pequeños
productores, mientras que en el Nuevo Mundo el negocio está básicamente
dominado por grandes empresas, mucho más competitivas y con buenas redes de
distribución. Pero, con todo, ya ni siquiera hay demasiado espacio para los
vinos de esta parte joven del mundo. Para quien está en el tema, los
comentarios y testimonios que se recogen al respecto son permanentes. Así,
hablando con algunos chilenos, es posible notar, por primera vez, fuertes
rasgos de preocupación en lo concerniente al futuro de las bodegas de su país.
Los norteamericanos dejaron de tomar la iniciativa hace tiempo, mientras que en
Australia todos hablan de las masivas erradicaciones de viñedos. Insisto aquí
en que estas informaciones suelen llegar a uno en forma totalmente extraoficial
y circunstancial, a manera de “chismes” o como parte de inesperadas y francas
afirmaciones vertidas en medio de una conversación por buenos referentes en la
materia.
Hasta hace un par de años,
la Argentina parecía estar un tanto ajena a los nubarrones globales, cuando los
costos de producción eran razonables y el valor del dólar permitía exportar de
manera ventajosa, lo que acaparaba el interés de los inversores extranjeros.
Pero la “continuidad del modelo” le ha pegado duro al sector, que no puede
hacer otra cosa que esperar vientos más favorables. Desde ya, sólo pueden
esperar los que tienen anchas espaldas financieras para hacerlo. ¿Y los otros?
Bueno, simplemente paralizan su producción, o venden la uva, o alquilan (si
pueden) sus instalaciones. Hace algunos años hubieran tenido la esperanza de
vender sus emprendimientos, pero la compra de una bodega en la Argentina de
hoy, seamos sinceros, es un negocio ruinoso, que a nadie le interesa.
Mirando un poco más allá
de los hechos actuales con una visión internacional, es posible verificar
algunas tendencias que se afirman. En función de ello, surgen algunos puntos de
análisis que vale la pena enumerar.
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Tanto la
producción como el consumo mundial de vinos de calidad entraron en una meseta
que no será remontada en el corto plazo. Sólo es posible esperar que el ingreso
de nuevos consumidores al ámbito del vino sea capaz de sostener lo que hoy se
produce.
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No obstante, se
aprecia claramente la creciente demanda por grandes volúmenes de vinos de baja
calidad por parte de países como Rusia o China. En ciertas capas altas de la
población, incluso, empieza a haber interés por vinos de alta gama. No es un
disparate apostar hoy al sudeste asiático, pero también debemos considerar que
se trata de un proceso de cambios culturales en esos países, y eso no se
produce de un día para el otro.
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La crisis
europea no afecta solamente al vino, sino a todos los productos alimenticios de
base agrícola, ictícola o ganadera. Cada vez resulta más pesado para los países
de la región sostener actividades con pocas posibilidades competitivas y
recursos naturales agotados. Sin embargo,
no hay que descartar (al menos en el caso del vino) que los gobiernos
comiencen a destinar sumas cada vez más fuertes para planes de promoción y de
ayuda a los productores, o incluso que tomen medidas radicales tales como
barreras aduaneras infranqueables o prohibición de importaciones para ciertos
productos.
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El Nuevo Mundo
vitivinícola titubea. En Australia, Chile y Estados Unidos y Sudáfrica, por
ejemplo, el crecimiento de los últimos años comienza a perder ímpetu o se ha
paralizado. En Argentina ocurre algo
similar, pero con ribetes locales derivados de la economía doméstica.
Ahora, más que nunca, es
cuando el sector vitivinícola debería debatir seriamente su futuro. Si hace
algunos años se tuvo el suficiente tiempo para proyectar un ridículo, ambicioso
y delirante “plan estratégico” (que
algunos señalamos como un fracaso seguro, ya en ese entonces), sería bueno
emplearlo ahora para algo mucho más
útil, casi imprescindible, que es buscar el camino de la supervivencia para una
industria en terapia intensiva.


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