ELEMENTAL, MI QUERIDO WATSON

Sherlock Holmes, el detective más famoso de la historia, es una encarnación literaria del apogeo de la Inglaterra victoriana. En muchas de sus aventuras aparecen menciones a los mejores vinos  de la época. Pero, en un una de ellas, la más noble de las bebidas resulta clave para resolver un misterioso caso.

Creado hacia fines del siglo XIX por el célebre escritor británico Arthur Conan Doyle (1859 - 1930), el detective Sherlock Holmes se convirtió en un héroe predilecto de miles de lectores y  alcanzó una difusión internacional que no tardaría en ser captada por la televisión y el cine. Este extravagante pero entrañable personaje poseía todas las dotes naturales del investigador, ya que las puertas del misterio cedían ante su lógica, su raciocinio y su elevado poder de observación. A su casa de Baker Street 221B acudían todos aquellos que estaban frente a un problema difícil de resolver, incluso para los mismísimos y eficientes funcionarios de la Scotland Yard. Romántico pero cerebral, Sherlock Holmes alternaba el violín con la lupa para entretener sus largas horas de soledad en esas "aburridas tardes", como el mismo decía, de la abigarrada y cosmopolita metrópoli londinense.


A semejanza de tantos otros personajes ilustres, tuvo su compañero, el doctor John Hamish Watson, un médico retirado del ejército luego de varios años de servicio en la India. Ingenuo, fiel y siempre deslumbrado admirador del genial detective, es él quien nos relata en primera persona sus aventuras sorprendentes, amenas y salpicadas de fino humor británico. Dado que viajaba en forma permanente por toda Inglaterra para resolver diferentes casos, el magistral dúo se veía obligado con frecuencia a cenar y pasar la noche en restaurantes, hoteles y posadas. Por eso, son casi innumerables las referencias sobre los gustos de ese tiempo en materia de comidas y vinos como el Oporto, el buen clarete de Burdeos y el Montrachet.

Pero sólo en una de sus historias podemos ver a Holmes utilizando el vino como material de investigación. Se trata de "La aventura de la Granja Abbey" (La reaparición de Sherlock Holmes, 1904), donde centra su agudeza deductiva en una botella abierta y tres vasos servidos en plena escena del crimen. En primer lugar, se le señala un sacacorchos largo como instrumento utilizado para su apertura. "No", responde, mientras analiza el corcho. "La verdad es que ese sacacorchos no ha sido usado. Esta botella fue abierta por un sacacorchos de bolsillo que no tenía más de cuatro centímetros de largo. Si se fija en la parte superior del corcho verá que tuvieron que meter tres veces el sacacorchos antes de poder extraerlo. No lograron traspasarlo, como lo habría hecho ese sacacorchos largo, que además lo habría extraído de un solo tirón. Cuando usted le eche al guante al criminal verá que tiene en su poder uno de esos cuchillos múltiples".
Finalmente, el extraordinario razonador observa los tres vasos. ¿Uno para cada bebedor? Eso parece a la vista de un individuo común, pero no para los ojos del gran Sherlock Holmes. "Watson, es inconcebible que dos vasos estén limpios y sólo uno tenga borra, cuando en la botella aún queda mucho vino", dice, y continúa: "quizás por descuido, la botella fue agitada antes de ser servida. Sólo se usaron dos vasos, y los restos de ambos fueron volcados al tercero para dar la falsa impresión de que en la escena del crimen había tres personas. Por esa razón, toda la borra está depositada en el último vaso y no en los otros dos".

Lógicamente, nuestro héroe estaba en el buen camino y no tardó en descubrir a los culpables. Después de todo, era algo elemental, ¿no es cierto?

Foto: Flickr CC Images Money

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