Muchas veces, el análisis de la historia suele
encerrarlas claves del futuro. Si miramos al pasado, existe un mensaje
inequívoco: la concentración siempre ha sido mala para todas las industrias de
consumo.
Hacia 1890 existían en
Capital Federal y Gran Buenos Aires unas 60 fábricas de cerveza de dimensiones
pequeñas y medianas. Ninguna de ellas ejercía un dominio efectivo sobre el
mercado ya que todas convivían en paz con sus propias áreas de influencia, que
generalmente no superaban el ámbito barrial o pueblerino. Esta colorida
característica tenía una lógica consecuencia en la variedad de productos que
las crónicas de entonces dejaron debidamente registrada para la posteridad:
cervezas rubias, negras, rojas, amargas, dulces, intermedias, ligeras y
espesas. La clave del asunto, el verdadero punto históricamente importante, es
que el consumo de entonces superaba ampliamente al del vino, bien al contrario
de lo que muchos pueden suponer. La cerveza, entre 1860 y 1900, fue un éxito
rotundo gracias a muchos pequeños elaboradores y un amplio abanico de estilos,
colores y sabores.
Por la década de 1910,
tal panorama había cambiado mucho. Menos de diez cervecerías ejercían un
oligopolio casi absoluto en nuestro territorio, que se fue acentuando en los
decenios siguientes. Las pequeñas fábricas pasaron a ser un recuerdo del
pasado, junto con su alegre multiplicidad de estilos. Mientras tanto, las
nuevas empresas se hicieron gigantes y comenzaron a elaborar exclusivamente las
categorías más fáciles de vender, en sus versiones elementales de “rubia” y
“negra”, con un claro predominio de la primera. Así, la cerveza pronto se
convirtió en una bebida de estación, ligera, sin matices, y con ello perdió la
vieja supremacía de consumo a manos del vino, su eterno rival. La relación entre menos empresas y pérdida
de mercado podría parecer forzada si sólo le limitara a la cerveza, pero la
lista de casos prácticamente idénticos es verdaderamente larga. Los cigarros
puros, los quesos finos y las bebidas destiladas son, entre muchos otros,
ejemplos de industrias argentinas que tuvieron un apogeo coincidente con sus
épocas de mayor atomización de productores. Y si uno estudia el tema en
profundidad, la reiteración del mismo patrón histórico resulta asombrosa y deja
servida una conclusión incontrovertible: el control de una industria por pocos
actores fue siempre un motivo de retroceso (a veces, de desaparición) para
actividades que habían sido prósperas, exitosas y líderes cuando contaban con
muchos protagonistas. Y si queremos confirmar el fenómeno con un dato bien
vigente, basta señalar el auge actual de las cervezas artesanales producidas
por numerosos emprendedores pequeños y medianos, como aquellos de 1890. Una
prueba más de que la historia, siempre, termina replicándose a sí misma.
No hace falta ir muy
atrás para recordar un pasado doloroso en la industria del vino. Eran los días
de las bodegas gigantes, del estado regulador, del vino común sin calidad, sin
identidad, sin pretensiones. Es decir, de aquel monstruo con pies de barro que
se terminó derrumbando sobre sí mismo. El vino argentino, hoy, enfrenta una
severa crisis de consecuencias inimaginables. Todavía no hay indicios concretos
que permitan hablar de un proceso de concentración, pero esa parece una de las
posibilidades más fuertes a futuro. Si esto llegara a ser así, ya sabemos lo
que sigue. Ojalá que nuestra vitivinicultura logre salir adelante y mantener,
sobre todo, la bendita multiplicidad que tanto y tan bien le hizo en los años recientes,
cuando logramos salir a conquistar el mundo.


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