SI VAMOS A HABLAR DE VINOS...

El lenguaje del vino ha experimentado notorios cambios a través de las épocas, conforme se fueron modificando las conductas  sociales y los hábitos de consumo. Hoy, una nueva generación de bebedores abre otra etapa en el modo de comunicar y entender la cultura enológica. Luego de años de descripciones absurdas y complicadas, ¿estamos yendo hacia un léxico vinícola más sensato?

Hablar sobre vinos exige, entre otras cosas, tener la habilidad  para expresar con palabras un sinnúmero de sensaciones abstractas y muchas veces subjetivas. Frente a estas dificultades existen, desde hace al menos veinte años, dos corrientes de opinión, apoyadas respectivamente por los bloques históricos de la enología mundial: el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo. Los europeos impulsan el uso de una terminología clásica, abarcativa, basada en la adjetivación que describe características genéricas y nunca aromas o sabores específicos. De allí provienen vocablos tradicionales de uso universal, tales como elegante, armónico, fresco, contundente, redondo, aterciopelado y un largo etcétera. Los americanos (y, con ellos, la mayoría de las naciones no europeas), se inclinaron mayormente por el uso del llamado análisis descriptivo, un ingenioso invento de los años setenta que se atribuye a la profesora Ann Noble, de la universidad californiana Davis, y que consiste en comparar los estímulos producidos por el vino con elementos del mundo vegetal, animal o mineral de uso más o menos cotidiano.  De todos modos, es poco probable que esa idea  haya sido formulada originalmente con propósitos lingüísticos o literarios, y muchos menos como algo destinado al consumidor. Resulta más lógico pensar que se creó con el único fin de ofrecer a los enólogos otra herramienta de diferenciación entre productos durante las catas técnicas, ya que el glosario clásico europeo resultaba demasiado acotado. Ese era, entonces, el modesto alcance de las analogías descriptivas que imaginaron tanto la buena señora Noble como sus primeros seguidores, cuando todo el asunto estaba estrictamente ajustado a los círculos profesionales, científicos y académicos.

Pero sucedió que, con el tiempo, los descriptores aromáticos se escaparon de aquel entorno experimental como un virus contagioso, se pusieron de moda y pasaron a componer algo así como las tablas de multiplicar de la degustación. El panorama se agravó cuando determinadas analogías fueron adjudicadas a ciertos varietales específicos, lo que trajo aparejado un uso forzado, sistemático, indiscriminado, que fue degenerando lentamente en lo abusivo y, finalmente, en lo poco serio. El mayor problema era que gran parte del público empezaba a preguntarse de verdad si los vinos estaban aromatizados con ananá, frutos rojos o mango, ya que, después de todo, las mismas etiquetas que plasmaban  tan dudosas comparaciones no acompañaban ninguna aclaración al respecto.  Al llegar a ese punto (que tuvo su pico entre 2003 y 2007) ocurrió lo peor de todo: mucha gente empezó a burlarse lisa y llanamente de semejantes peroratas, que comenzaban a dañar no sólo la imagen de quienes las emitían, sino la de toda la industria del vino en su conjunto. Lo que pretendía ser un recurso lingüístico acabó siendo, por su mal uso, un sinónimo de la improvisación y el engaño comercial.

Afortunadamente, tras el punto más alto (que presagiaba una locura colectiva) sobrevino la etapa del alivio paulatino, como ocurre con todas las epidemias. Desde hace tiempo es posible percibir una sana moderación en el uso de los descriptores aromáticos y un cierto sinceramiento del lenguaje del vino en general. Los rótulos de los envases parecen estar ocupándose de datos más importantes sobre la elaboración y no tanto en decirles a las personas qué frutas o verduras deben sentir cuando beben. Incluso, hasta las mismas descripciones sensoriales no pecan como antes en las enumeraciones comparativas interminables y tienden a moderar los mensajes, haciéndolos más sintéticos y comprensibles. Mientras tanto, un criterio similar se extiende de a poco entre los medios especializados y en otras actividades relacionadas al servicio. No es un fenómeno veloz ni arrollador, pero está ocurriendo. En estos tiempos de incertidumbre generalizada sobre su propia supervivencia, lo mejor que puede hacer la industria vitivinícola es acercar a la gente a sus productos ofreciendo mensajes certeros pero simples, auténticos, al alcance de todos. Porque, en cuestión de vinos, a las palabras nunca se las lleva el viento.

Foto: Flickr CC Davide Restivo

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