LA INDUSTRIA ESTÁ MAL, PERO SIGUE DERROCHANDO

La ambiciosa y millonaria campaña “El vino nos une” continúa saturando distintos espacios mediáticos. Las experiencias similares del pasado concluyeron en un rotundo fracaso, y todo indica que no será diferente en esta oportunidad. ¿La vitivinicultura habrá malgastado sus recursos otra vez?

A principios de la década de 1990, los televidentes del país se vieron sorprendidos por una serie de publicidades  que esbozaban, como mensaje central, la diversidad de alternativas a la hora de agregarle cosas al vino. En efecto (aunque hoy resulte difícil de creer), el eje temático de aquella campaña proponía mezclar la más noble de las bebidas con trozos de fruta, jugos, gaseosas, soda, licores y un largo número de opciones, tanto sólidas como líquidas. Naturalmente, tras miles de minutos de aire, tamaño esfuerzo económico no rindió sus frutos y el consumo siguió cayendo en picada. La historia se repitió varios años después, esta vez con alusiones a la cultura fashion, que vivía por ese entonces su época de esplendor. Ambientado entre modelos y boliches de onda, tras la consigna “blanco o rojo”, un nuevo ciclo de osados comerciales (que incluían, entre otras, la imagen de una chica arrojándole a un muchacho el contenido de su copa) pasó por la pantalla sin pena ni gloria. Y las cifras del consumo, desde luego, no se modificaron en absoluto. Ya a comienzos del nuevo siglo le tocó el turno a la seguramente recordada serie Vino Argentino, un buen vino, cuyo resultado en las tendencias del mercado fue tan nulo como el de sus antecesoras. Hoy, la fiesta de la comunicación inútil continúa con El vino nos une y su parafernalia de artistas apuntando mensajes de dudosa captación entre el público.

Vale la pena aclarar que semejantes cruzadas propagandísticas se financiaron y se siguen financiando a partir de recursos generados por la propia industria, que desde luego se podrían utilizar para cosas mucho más provechosas. El tema no era tan grave entre 2003 y 2008, cuando el sector se encontraba en plena transformación expansionista, pero hoy equivale a que un indigente utilice billetes para prender  su fogata. Digo esto porque las circunstancias coyunturales así lo ameritan: caída del cuarenta y cinco por ciento en las exportaciones, “camionetazos” de pequeños viñateros por falta de rentabilidad, abandono de fincas, proyectos bodegueros que desaparecen a un ritmo que nadie quiere reconocer y el consumo local que no repunta (sólo migra lentamente hacia vinos más caros, pero no aumenta en volumen) son cuestiones de gravedad suficiente como para empezar a preguntarse si de veras tiene sentido dilapidar millones en esas campañas que  fracasaron sistemática, estrepitosa y miserablemente  en cada ocasión que podemos recordar.

Hace bastante tiempo, cuando se planteó la comparación entre el despegue de las bebidas sustitutas a expensas del derrumbe vinícola, sostuve que el efecto tenía muchas explicaciones históricas y económicas. Ciertas industrias como la de la cerveza y la de los aperitivos, por ejemplo, están controladas por un puñado de empresas con muchos recursos, capaces de generar “movidas” de todo tipo y sostenerlas en el tiempo. Esa es una importante explicación, pero la principal es que han sido siempre más inteligentes al momento de conquistar el ánimo colectivo, con mejores campañas publicitarias, con mejores acciones de góndola y con mejor capacidad para entender su nicho. Ello contrasta fuertemente con la torpeza de una vitivinicultura actualmente jaqueada por variables económicas que la están aniquilando, y que a pesar de ello no parece encontrar caminos ni siquiera para quejarse, para pedir soluciones, para exigir que la dejen seguir produciendo. Pero eso sí: cuando se une, lo hace para derrochar el dinero, para continuar pagando el costo de su innata inoperancia. Una inoperancia que, en algunos momentos, roza los límites de la imbecilidad.


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