Como base fundamental
de uno de los tintos más prestigiosos del mundo y parte integrante del no
menos célebre Champagne, el Pinot Noir despega lentamente entre la producción
argentina. Se trata de un cepaje lleno de secretos, nada fácil de cultivar ni
de elaborar. Pero, cuando está bien hecho, resume las mejores
condiciones de elegancia, finura, opulencia y carnosidad que se pueden pedir en
un vino.
Los mitos enológicos del pasado perdieron su razón de ser en
un mundo dominado por modas cada vez más pasajeras, donde la cantidad de vinos
se multiplica constantemente . En semejante frenesí no hay lugar, por ejemplo,
para la otrora famosa "rivalidad" entre Burdeos y Borgoña, en la que
no sólo se confrontaban uvas, sistemas de cultivo y métodos de elaboración, amén de posturas comerciales y
características de índole cultural. Y dentro de ese juego, nunca dejaban de
oponerse las virtudes de sus respectivas uvas tintas más emblemáticas: Cabernet
Sauvignon, para Burdeos, y Pinot Noir, para Borgoña. La primera representaba la
imagen de los vinos nobles pero duros, recios, que requerían un largo
añejamiento hasta empezar a mostrar cualidades y limar asperezas. El Pinot
Noir, en cambio, tuvo siempre un rótulo asociado a la delicadeza, la elegancia
y la serena complejidad, virtudes que, además, era capaz de ofrecer en una
instancia temporal más pronta, sin
necesidad de largos estacionamientos en madera o botella.
Las cosas cambiaron bastante en los últimos veinte años y semejante confrontación dejó de ser un motivo de interés. Para los productores de
Burdeos y Borgoña, el "rival" ya no se localiza dentro de las
fronteras de su país, sino fuera. En efecto, tanto Cabernet Sauvignon como
Pinot Noir se han extendido por todo el planeta para producir vinos que hoy compiten
por la supremacía del mercado internacional mientras desafían a los legendarios
colosos europeos. Así y todo, los vinos tintos de Borgoña siguen teniendo al
Pinot Noir como protagonista en la mayor parte de sus apelaciones, entre las
que se cuentan numerosos nombres que todavía mantienen una cierta resonancia
gloriosa. Por ejemplo, Clos de Vougeot,
Pommard, Volnay, Gevrey Chambertin, Nuits Saint Georges o Vosne Romanée son pequeñas comarcas viñateras de rancio
abolengo en materia de caldos prestigiosos y caros que, a pesar de ver un poco
apagados los antiguos fulgores, siguen vendiendo sus mejores exponentes a
precios ciertamente envidiables. Cerca de allí, en la Champagne, la misma
variedad otorga estructura y carácter al vino espumoso más conocido por la
humanidad. Credenciales, por lo visto, no le faltan. En todo caso, la historia
reciente del Pinot Noir adquiere otro contexto y se relaciona con un periplo
por diferentes países del Nuevo Mundo, donde cada uno busca la clave de aquel
viejo secreto, la leve de acceso a la antigua magia de los tintos borgoñones. Uno de esos países, precisamente,
es la Argentina.
Los indicios históricos señalan que el Pinot Noir tiene más de cien años en nuestro territorio.
Así se deduce de distintas referencias
bibliográficas de Mendoza, a las que se agrega un libro publicado en Francia en
1912, que relata el viaje de un experto francés llamado J. A. Doleris por las costas del Río Negro durante el invierno de
1910. Esa extraordinaria fuente permite corroborar que la Patagonia contaba ya
desde entonces con numerosos viñedos de variedades nobles, desde Viedma hasta Cipolleti y Cinco Saltos,
y que el Pinot Noir era una de ellas. El devenir posterior es conocido:
masificación del consumo a partir de 1940, auge de los vinos comunes entre 1940
y 1980, caída y reconversión de la industria entre 1980 y los finales del siglo
veinte. Por fortuna, las 250 hectáreas
dedicadas al Pinot en 1990 pasaron a ser más de 1000 en los años del cambio de
siglo. Una buena parte de ese crecimiento se debió al cultivo y la elaboración para bases de espumantes,
tendencia que se acrecienta año tras año, y no es para menos: la variedad que
nos ocupa otorga estructura, cuerpo, vinosidad y sutiles notas frutadas,
capaces de acrecentar la complejidad aromática y la presencia en el paladar, lo
que no siempre se obtiene con Chardonnay a solas.
Foto Flickr CC Jérémy Couture


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