No existen en
Argentina muchos restaurantes que atesoren vinos nacionales e importados con
algunos años de añejamiento. Pero Miramar, el clásico bodegón porteño del
barrio de San Cristóbal, posee algunas perlas dignas de ser descubiertas.
Si bien tiene varias acepciones, el término bodegón cuenta con un significado especial para los porteños del siglo XXI. No obstante, un problema se crea al tratar de establecer exactamente cuál es la diferencia concreta entre fonda, bodegón, boliche y cantina. Todo indica que en el siglo XIX cada uno de estos tipos de comercios representaba algo muy específico, aunque la posteridad no logró distinguirlos entre sí del todo bien. ¿Cuál habrá sido el más genuino retrato del típico restaurante urbano de los barrios y suburbios? Ciertos recuerdos ayudan a realizar una composición de imagen: locales amplios y bulliciosos, porciones abundantes, comida casera, vinos de la casa en jarras o pingüinos, y un largo etcétera. Con el tiempo, algunos componentes de orden práctico se fueron convirtiendo en arquetipos decorativos (los jamones colgados en el techo, por ejemplo) mientras que otros fueron elementos de la ornamentación desde siempre, como las fotos, los cuadros y las imágenes de la “madre patria”, o los objetos marinos (timones, redes, ojos de buey) visibles en aquellos establecimientos cercanos al puerto.
Si bien tiene varias acepciones, el término bodegón cuenta con un significado especial para los porteños del siglo XXI. No obstante, un problema se crea al tratar de establecer exactamente cuál es la diferencia concreta entre fonda, bodegón, boliche y cantina. Todo indica que en el siglo XIX cada uno de estos tipos de comercios representaba algo muy específico, aunque la posteridad no logró distinguirlos entre sí del todo bien. ¿Cuál habrá sido el más genuino retrato del típico restaurante urbano de los barrios y suburbios? Ciertos recuerdos ayudan a realizar una composición de imagen: locales amplios y bulliciosos, porciones abundantes, comida casera, vinos de la casa en jarras o pingüinos, y un largo etcétera. Con el tiempo, algunos componentes de orden práctico se fueron convirtiendo en arquetipos decorativos (los jamones colgados en el techo, por ejemplo) mientras que otros fueron elementos de la ornamentación desde siempre, como las fotos, los cuadros y las imágenes de la “madre patria”, o los objetos marinos (timones, redes, ojos de buey) visibles en aquellos establecimientos cercanos al puerto.
Hoy quedan muy pocos lugares capaces de merecer el rótulo de
“bodegón” en el sentido más evocador de la palabra. No obstante, el espíritu recién
descripto permanece bastante íntegro en algunos comercios gastronómicos de la
ciudad. Tal es el caso de Miramar, un
clásico restaurante enclavado en la esquina de Avenida San Juan y Sarandí,
otrora famoso por sus pescados, sus mariscos y sus preparaciones que conjugan la cocina típica porteña con las mismas
culinarias extranjeras que ayudaron a formarla, especialmente españolas e
italianas. Rabas, caracoles, ranas, rabo (especialidad de la casa), algunas
pastas y diversos platos del mismo tenor componen una carta no demasiado larga,
aunque sí genuina en su formulación. Pero más interesante aún es el caso de los
vinos. De manera tradicional, Miramar contó siempre con una oferta vínica
abundante y bien diversificada, desde los vinos argentinos de mayor rotación
popular hasta los más costosos del mercado, pasando por propuestas importadas
en tintos, espumantes, licorosos y hasta destilados. Sin embargo, esa
singularidad corría el serio riesgo de desaparecer, ya que en los últimos años,
el establecimiento llegó a caer en un marcado ocaso cualitativo de cocina,
servicio y mantenimiento que preanunciaba un cierre inminente. Por fortuna, una
nueva administración se hizo cargo del lugar hace muy poco y tiene la firme
intención de revitalizarlo sin desmerecer su estampa proverbial. Lo bueno es que
la transferencia incluyó gran parte de las reservas ocultas en su sótano, entre
las cuales se hallan no pocas perlas de la enología nacional e internacional.
Numéricamente hablando, no son tantos ejemplares, así que la bonanza de añadas
antiguas tal vez no dure demasiado. Pero hasta tanto se acabe el stock, Miramar
ofrece cosas verdaderamente difíciles de experimentar en nuestros días, a veces
en carta y otras veces fuera de ella, sólo para los amigos y clientes.



1 comentarios :
¡Qué bueno! vivo cerca y siempre me quejo de que no tengo buenos lugares para ir a comer. Lo probaré. Beso, Paulina.
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