Con las vacaciones
llegan los viajes, y con ellos la necesidad de comer y beber en lugares
extraños. ¿Cuáles son las mejores actitudes vínicas en esos casos?
Los viajes enriquecen la personalidad de un modo muy particular. En una sola vez o en varias, el periplo a través de provincias, países y continentes implica conocer nuevas personas, empaparse de culturas distintas, percibir costumbres que se suman a nuestra experiencia. Pero, de un modo u otro, siempre tenemos que detenernos a comer en algún punto de nuestro viaje, con lo cual se sumará otro apasionante hecho de la cultura de los pueblos: su cocina. Como pocas cosas, la comida ha sido siempre un valor que expresa el sentir de las comunidades, su forma de ver el mundo, la manera en que viven y se relacionan con su entorno. Pueblos pesqueros, agricultores o ganaderos tienen gastronomías diferentes, originadas en el saber milenario que fue dictando cómo aprovechar mejor los recursos de la tierra y el mar. En algunos casos, esa sabiduría se extiende a otro de los extraordinarios frutos de la tierra, el vino.
No hay explicaciones científicas al respecto, pero nadie
duda que la misma comida o el mismo vino tienen otro sabor si se los disfruta
en el lugar de origen. Mejor aún si se dan ambas cosas, señal de que estamos
viajando por una región vitivinícola. La idea no cambia, y es confrontar platos
y vinos del mismo sitio, en el consabido pero eficiente maridaje regional. Un
cordero patagónico no encuentra mejor compañero que los aromáticos y elegantes
Merlot y Pinot Noir típicos de la región. Los pescados y mariscos del litoral
marítimo austral prefieren el Semillón de Río Negro. Los deliciosos chivitos de
Malargüe piden Cabernet Sauvignon de San Rafael, mientras que un quesillo con
miel requiere un vino dulce de los muchos que se producen con éxito en Mendoza
y San Juan. Locros y empanadas salteñas
están en sintonía con tintos y blancos del NOA: un vehemente corte de
Cabarnet y Malbec o un Torrontés de Cafayate.
Si llevamos este razonamiento al ámbito internacional,
algunas de las actitudes que debe seguir el viajero enófilo tienen que ver con
el sentido común. Por ejemplo, nunca tratar de realizar maridajes con vino en
países que no lo consuman tradicionalmente, o donde su cultura no esté
afianzada. La razón es muy simple: los platos de esas cocinas jamás fueron
pensados para el vino, que además no forma parte de la idiosincrasia local. Un
ejemplo típico es el de la comida japonesa, más propicia para la cerveza o el sake, a pesar de que muchos intenten
realizar combinaciones acrobáticas. El concepto es igual de válido en el caso
de unos tacos mexicanos, una barbacoa texana o un esturión crudo con limón en
el más sofisticado restaurante ruso. Las dificultades se disipan en la Europa
meridional, especialmente en los viajes por las campiñas de España, Italia,
Francia y Portugal. Allí la variedad de regiones vitivinícolas y la gama de
platos es tal, que resulta muy difícil errar en el maridaje si se sigue el
criterio de cercanía geográfica. El típico restaurante al costado de la ruta
tiene siempre algún vino indicado de la producción local - incluso presentado
en simpáticas garrafas de vidrio -, que va de maravillas con la comida de ese
pueblo. Hasta el brebaje más modesto puede resultar, así, una experiencia sumamente
positiva.
Foto: Flickr CC Udo Schröter

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