DOS PIONEROS OLVIDADOS DE LA VITIVINICULTURA ARGENTINA

Justo Castro y Carmelo Bottazzi fueron dos precursores de la vid y el vino en San Juan y Patagonia, respectivamente. Es bueno repasar la historia de estas figuras injustamente ignoradas por las generaciones presentes.


Las arbitrariedades de la historia no siempre están dadas por aquello que está dicho o escrito, sino por lo que nunca se dijo ni se escribió. De esa manera, los anales del pasado suelen tener “huecos” imperdonables que nos impiden comprender, muchas veces,  los hechos anteriores a nuestra realidad actual. Y el vino, lamentablemente, no está ajeno a ese fenómeno. Tal vez por ser de muy antigua data, o por proceder de regiones menos rutilantes de la industria vitivinícola argentina, existen personalidades que han pasado prácticamente inadvertidas en la historiografía formal del sector. Tal es el caso de dos preclaros bodegueros de fines del siglo XIX y principios del XX, bastante adelantados para su época (a veces demasiado), quienes asumieron el riesgo que suponían entonces los grandes emprendimientos en regiones poco o  nada explotadas, cuando aún no contaban con el menor indicio de infraestructura y mano de obra necesarias para los procesos de producción y comercialización.

Justo Castro, nacido en Salta en 1837, era hijo de un militar de la Independencia que combatió junto a Belgrano, Güemes y Rondeau. Siendo muy joven trabajaba en el transporte hacia Chile con caravanas de mulas, actividad que logró ponerlo en contacto con varios personajes encumbrados de la entonces incipiente industria del vino cuyano, entre ellos, los agrónomos franceses René Lefebre y Michel Aime Pouget (introductor del Malbec en Argentina). Interesado de inmediato en esa promisoria y novedosa ocupación, no tardó en emprender la plantación de viñedos y el emplazamiento de una bodega propia en la localidad sanjuanina de Caucete. Para fines del decenio de 1880 sus fincas de Malbec, Semillón, Cabernet y Pinot eran un modelo a nivel provincial, toda vez que su bodega contaba con adelantos tecnológicos de vanguardia y su red de distribución alcanzaba los grandes centros de consumo. Cierta publicidad gráfica de esos años presenta un listado de sus vinos más destacados que impresiona por la variedad, sobre todo en un tiempo en que casi el 95% del vino nacional era común y se fraccionaba en barriles con rótulos genéricos tipo blanco, tinto, seco, dulce y no mucho más que eso. Hacia 1889 vendió parte del establecimiento a un grupo de socios y se dedicó de lleno al mundo de la política, donde llegó a ser vicegobernador y luego gobernador de su provincia adoptiva. Falleció el 13 de octubre de 1900, a los 62 años de edad.

Carmelo Bottazzi, por su parte, era un italiano nativo de Pozzolo Formigaro. Este visionario, vecino ilustre y agente consular de su país en Carmen de Patagones, comenzó hacia 1900 un proyecto vitivinícola tan ambicioso como audaz. En su estancia San José plantó la friolera de cien hectáreas de un viñedo modelo, irrigado con molinos de viento y enfocado en las cinco cepas finas que mejor se habían adaptado al lugar, luego de casi una década de investigaciones y ensayos intensivos: Cabernet Sauvignon, Petit Verdot, Malbec, Pinot Noir y Sauvignon Blanc. En 1909 formó una sociedad con otros vecinos empresarios para encarar la construcción una bodega en pleno casco urbano de la ciudad maragata, llamada primero "La Viti-Vinícola" y más tarde "Compañía Vitivinícola de Río Negro". El suceso de la formidable empresa, única en la Patagonia de entonces por capacidad y calidad, no se hizo esperar. Existen testimonios bien documentados sobre los elogios que cosecharon sus vinos en cierta cena de bodegueros mendocinos (nada menos) y sobre el excelente recibimiento en la plaza de consumo de Bahía Blanca .  No obstante aquel comienzo promisorio, los vaivenes de la historia terminaron por vencer al osado emprendedor peninsular. Promediando el año 1916, en plena crisis producida por el apogeo de la Primera Guerra Mundial, las líneas de crédito que soportaban su negocio de largo aliento se interrumpieron, haciendo que la compañía quebrara irremediablemente. La Estancia San José todavía existe como único vestigio de aquella infortunada aventura empresarial pero se dedica a la ganadería, aunque en el patio posterior del casco perdura una pequeña superficie cultivada con cepas viejísimas, cuya edad es difícil de calcular.

Para conocer más sobre estas historias, estos son los links a las entradas correspondientes del blog Consumos del Ayer:

Justo Castro, el pionero olvidado de la vitivinicultura sanjuanina

El primer bodeguero patagónico
http://consumosdelayer.blogspot.com.ar/2012/04/el-primer-bodeguero-patagonico.html

0 comentarios :