Hoy se habla mucho del
disfrute sencillo y despreocupado del vino, del famoso “me gusta” o “no me
gusta”. Sin embargo, no hay que perder de vista que la degustación atenta y
reflexiva es el arma más efectiva contra el consumismo compulsivo.
Como una manera de presentar el vino ante los sentidos, la
degustación es un acto esencial, una especie de momento culminante donde los
consumidores evalúan el producto final y emiten un juicio sobre su calidad.
Para el productor, esa valoración justifica todo el trabajo realizado al
elaborarlo y le otorga un significado a su tarea. Un vino que no ha de ser
probado y apreciado carece completamente de sentido, tanto como una pieza
musical que no ha de ser escuchada o un libro que no ha de ser leído. El acto
de catar, asimismo, es uno de los pocos aspectos en los que la tecnología no
puede sustituir el trabajo humano. Actualmente existen sistemas de medición
capaces de detectar sustancias, e incluso de aromas y sabores, pero que nunca
serán capaces de evaluar la calidad que se pone de manifiesto frente a la
vista, el olfato y el gusto de quien prueba el vino. Por todas estas razones,
gozar inteligentemente de una buena copa trasciende con creces el simple hecho
del mero consumo.
La acción de apreciar la calidad de los vinos es,
fundamentalmente, una experiencia íntima, individual y personal. Ello no
significa que no se pueda compartir el goce que proporciona una gran botella,
sino que los gustos y preferencias son algo propio de cada persona. Un mismo
vino puede ser juzgado de distintas maneras por diferentes catadores, lo que
pone en evidencia una premisa que nunca debe ser olvidada por todo aquel que
aspira a aprender sobre el tema: la degustación es absolutamente subjetiva. Por
esa razón, "me gusta" o "no me gusta" son valores bien
alejados de la lógica matemática, sobre los cuales no existen razonamientos
absolutos. Más allá de su destreza o conocimiento en la materia, las opiniones
de todos deben ser siempre respetadas. Claro que existen algunos lineamientos
básicos que limitan ese grado de subjetividad a su mínima expresión,
permitiendo ciertos patrones de juicio de aceptación y validez más o menos
universal. Si en el mundo existen vinos de calidad reconocidos, seguramente
debe haber un cierto consenso acerca de cómo valorarlos. El aprendizaje
destinado a reconocer los atributos del vino no es otra cosa que una
herramienta para convertirse en un consumidor más exigente, que sabe apreciar
lo bueno. Al entrar en ese terreno, donde se prueban vinos de manera
concienzuda y razonada, dejamos de hablar de consumo a secas para adentrarnos
en el campo de la auténtica degustación.
Frente a un público que quiere estar cada vez más informado,
la dinámica que adquirió el mundo del vino en los últimos años logró ampliar
considerablemente las posibilidades para probar buenos productos. Cursos,
charlas y degustaciones son hoy algo corriente en diferentes ámbitos y
situaciones relacionadas con la más noble de las bebidas: ferias, restaurantes,
vinotecas, institutos de enseñanza y un largo etcétera. Cada vez existen más
oportunidades para evaluar y comparar tipos, estilos y variedades, mientras el
mercado no deja de crecer en su diversidad de opciones. También se volvieron
frecuentes las reuniones privadas entre aficionados para degustar distintos
ejemplares de sus vinos favoritos. Esta degustación "casera" o
amateur cuenta con la ventaja de no
estar atada a ninguna especificación previa o marca comercial. Cualquier grupo
de amigos interesados en el tema puede tomar el toro por las astas y organizar
su propia degustación, al igual que una persona sola, si así lo desea.
Todo lo antedicho es muy lindo, pero cabe preguntarse si
ejercemos alguna de tales prácticas con la debida asiduidad. Aclaro que etas
líneas no persiguen el propósito de otorgar consejos o lineamientos técnicos
sobre la cata, sino de abrir un espacio
de reflexión acerca de los enormes beneficios que proporciona el ejercicio de
probar, de degustar, de analizar lo que consumimos como un método (no uno
cualquiera, sino el mejor) para incrementar
nuestra propia calidad como consumidores. Las buenas etiquetas no son baratas,
y por eso es imperiosamente necesario validar los gustos personales con la
ayuda de los sentidos. Ahora bien, si nos decimos amantes del vino: ¿hacemos esos
deberes? Para saberlo, basta componer preguntas bien simples: ¿estamos
realmente convencidos de que nuestra marca, variedad o bodega favorita es la
mejor que podemos conseguir? ¿Le mostramos el debido interés a tantos otros
productos que ofrecen innumerables posibilidades de vislumbrar más allá de lo
que tomamos habitualmente? ¿No estaremos pagando demasiado por algo que no lo
vale, incluso de acuerdo a nuestros propios gustos, y simplemente nunca nos
dimos cuenta?
Insisto: no se trata de vivir en una pose permanente de
catador experto, sino de tomarse el tiempo, de tanto en tanto, para prestar la atención
oportuna a lo que bebemos. Y para eso tenemos un poder que nos brindan tres excelentes aliados: la
vista, el olfato y el gusto. Usémoslo, entonces, que para algo sirve.
Foto: Flickr CC @nightgolfer
Foto: Flickr CC @nightgolfer


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