¿Qué vinos se tomaban en los tiempos finiseculares del
XIX? Un notable libro de stock del Ferrocarril del Sud de los años
1898-1899, conservado casi milagrosamente en nuestros días, aclara muchas de
esas preguntas.
El Ferrocarril del Sud llegó
a ser la empresa ferroviaria más grande de Latinoamérica. Para el novecientos su amplia traza abarcaba todo el centro y sur
de la provincia de Buenos Aires, con ramificaciones que ya se iban extendiendo
por el norte de la Patagonia. Teniendo en cuenta ese contexto, cierto
documento contable que los empleados de su Departamento de Confiterías utilizaban para inventariar las
salidas de mercaderías enviadas desde allí hacia los coches bares y comedores
anexados a las formaciones que surcaban sus rieles, así como también hacia las
confiterías diseminadas en las estaciones más importantes de la traza, ha sido
preservado hasta hoy. En él se registraban mes a mes todos los ítems entregados
por el depósito con indicación exacta de cantidades, unidades de medida
(botella, damajuana o barril, en el caso de las bebidas) y precios de costo y
de venta al público. De ese modo, las revelaciones que da el singular
compendio sobre los usos y costumbres del filo del XIX hacia el XX no
pueden ser calificadas como menos que extraordinarias.
Lo mejor de todo es que el
análisis del añoso compendio permite tener una idea bastante acabada de la
industria de la época y de su situación frente
a los vinos importados. Así, por ejemplo, la lista de etiquetas argentinas
resulta notoriamente escueta, pero eso no hace más que confirmar un hecho cronológicamente
indudable: haría falta más de una década y media para que la actividad pegara
un fuerte salto cualitativo en el segmento de los vinos finos, gracias a la
sustitución forzosa de importaciones que se realizó durante la
Primera Guerra Mundial. Ahora bien, ¿de qué vinos hablamos? En botella, de los
siguientes, todos ellos con valores que oscilan entre los 0,60 y los 4,50 pesos
por envase cerrado, con los nombres fieles a lo
asentado en el libro: Mendoza
tinto, Mendoza blanco, Seco (blanco), Cachet Vert, Cordero, Trapiche
tinto, Especial Tomba y “Chianti
Argentino”. También aparecen las damajuanas, que por supuesto no se
vendían así, sino que eran contendores de almacenamiento para el posterior expendio
a la modalidad “suelto, o sea, en jarras y copas. Y allí podemos observar otro
dato formidable: cierta variedad apuntada como “Malbeck” a un valor de $ 4,50 por
unidad (en ese entonces las damajuanas eran de 10 litros, lo que da $ 0,45 por
litro). Para el autor de estas líneas esa es la referencia argentina
más antigua, directa y textual (de puño y letra, además) sobre nuestro cepaje
emblemático.
El caso de los importados es
claramente opuesto por su extensión y variedad (37 etiquetas) y sus precios más elevados, desde 1,50 hasta 14 pesos la
botella (esto último una enormidad: el salario de un trabajador promedio de entonces
oscilaba entre 70 y 90 pesos mensuales) Entre los franceses se cuentan comarcas
como St. Julien, St. Estephe, St.
Emilion, Sauternes, Barzac, Chablis, Volnay, Beaune y Pommard, junto a algunos nombre de leyenda como Chateau Lafite, Chateau Margaux y Chateau
D´Yquem. Espumantes también hay, y de los bien acreditados: Mumm, Pommery, Roederer y Clicquot. De Italia vemos bastante Barbera,
Chianti y Marsala, mientras que en el pelotón de España abundan los productos
de Rioja, Priorato y Jerez. Otras comarcas europeas están representadas por el Vino del Rhin y el Oporto genuino.
¿Qué tal? Una multitud de
vinos extranjeros y también algunos nacionales, con opciones accesibles y otras
alternativas lujosas, como para dejar satisfechos a todos los viajeros. Es que
el Ferrocarril del Sud (como otros de la época) no dudaba en ofrecer
lo mejor para sus servicios de a bordo y sus bien nutridas confierías, toda vez
que el tren era entonces monarca absoluto en materia de viajes terrestres.
Sólo los transatlánticos se mostraban capaces de emular su confort, velocidad y
confiabilidad, situación que se mantuvo así por algunas décadas más.




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