No es casualidad que el proyecto del Chañar haya llamado
tanto la atención aquí y en exterior desde que comenzaron a ver la luz sus
primeros exponentes vínicos. Los valores agregados son muchos: dos mil
hectáreas de viñedos implantados en medio de la nada, con un moderno sistema de
riego por goteo de alta presión que hizo necesario construir un acueducto de
veinte kilómetros desde el río Neuquén.
No todo el mundo sabe que el polo vitivinícola de Neuquén es un emprendimiento joven en el ámbito de los vinos argentinos, y que comenzó
con la Bodega del Fin del Mundo. Este
año se cumplen dos décadas de ello, ya que el origen del proyecto data de 1994,
pero las primeras tres hectáreas con vides fueron plantadas en 1999 y la
vinificación inaugural (todavía en un pequeño galpón) se realizó en 2002. Mucho más conocido es el rápido crecimiento posterior de la zona, que atrajo
prontamente la atención de los inversores y se extendió hasta ocupar
toda el área sembrada con otras seis empresas: NQN, Familia Schröeder, Familia
Grittini, Valle Perdido, Bodega Patritti y Secreto Patagónico. Hoy, a veinte años
de aquel comienzo, vale la pena recordar y analizar las circunstancias que enmarcaron el nacimiento del terruño
neuquino, así como observar su posición en la coyuntura vitivinícola de
nuestros días.
Es necesario, en este punto, hacer un repaso sobre el esfuerzo que demandó
el emprendimiento original, empezando por los recursos hídricos. Para traer
agua por gravedad había que ir unos sesenta kilómetros río arriba por el
cauce del Río Neuquén y hacer un conducto que abarcara esa distancia, es decir,
una obra imposible. Entonces se optó un canal de veinte kilómetros - no era tan
largo, pero tampoco era tan corto - para traer un menor volumen acuífero menor a
través de un sistema de riego de alta frecuencia. En 1996 fue instalada la
primera central de bombeo sobre el canal y se hizo el acueducto. Ahora bien,
una vez con el tema del agua solucionado, ¿qué plantar? Del estudio del lugar surgieron tres alternativas viables para la zona. Una era la fruta tradicional: frambuesas,
grosellas y distintos frutos del bosque, además de cerezas. Otra alternativa era la uva de mesa, aunque los vientos de la región no lo
hacían recomendable debido a que su violencia puede marcar los granos, de piel muy
delicada. Por último estaba la uva para vinificar, de la cual se plantaron las primeras tres hectáreas en 1999.Con el tiempo resultó que la uva para vinos de calidad y las cerezas
fueron las que más atraían el interés de los inversores, con la posibilidad de
establecer un nuevo polo productivo. Y más tarde, como es de público conocimiento,
llegaron las bodegas.
Hoy por hoy, del grupo original de empresas, hay dos
proyectos con un futuro que se vislumbra incierto, aunque ambos han elaborado vinos. Uno perdura en una especie de limbo productivo y comercial (Valle Perdido) y otro parece
estar directamente fuera del negocio, al menos a la fecha (Familia Grittini).
El resto sigue con los suyo, más allá de la sonada adquisición de NQN por parte
de Bodega del Fin del Mundo hace un par de años, lo cual (por suerte) no
modificó mayormente sus parámetros productivos o comerciales.
Yendo en concreto a los vinos, a simple vista, todos parecerían
tener un elemento constitutivo común. Y eso es absolutamente lógico ya que, más
allá de algunos retoques posteriores realizados por cada nuevo propietario, el
viñedo madre fue plantado con idénticos parámetros agronómicos: misma
composición varietal, mismo riego, misma densidad, misma conducción. Sin
embrago, una mirada más atenta puede descubrir bastantes diferencias de estilo
de acuerdo con cada conducción técnica. Los
vinos de alta gama de Bodega del Fin del Mundo tienen una complejidad que hace
pensar en un terruño más añoso (recordemos que el "efecto oasis" va
creciendo lentamente en el Chañar, aunque todavía domina lo salvaje del
desierto), pero eso se debe a la pericia profesional de Marcelo Miras, el
enólogo más experimentado de la Patagonia. NQN propone un perfil contundente,
sabroso, con abundante caudal de fruta madura, mientras que Familia Schröeder
está claramente encolumnada en la línea de los vinos delicados y fragantes, para paladear con
atención, al gusto de su winemaker
Leonardo Pupatto. Por su parte, Bodega Patritti acredita una marcada
inclinación hacia los vinos intensos, de buen volumen (para los parámetros medios de la región) y
una silueta que está pronta a definirse como un verdadero estilo. Secreto
Patagónico es quizás en la que menos se adivina aún una personalidad concreta,
pero eso es cuestión de tiempo. Como las personas, los terruños necesitan
algunas décadas para mostrar todos sus secretos y transmitirlos a sus vinos. Y
el Chañar, en ese sentido, recién está saliendo de la adolescencia.
Foto: Bodega Patritti - Adriana Harguindeguy
Foto: Bodega Patritti - Adriana Harguindeguy


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