¿VOLVERÁN LOS IMPORTADOS?

La apertura importadora de principios de los noventa dio lugar al inicio de una vertiginosa carrera por traer desde el exterior toda clase de productos. Pero, a diferencia de lo sucedido quince años antes, los del rubro alimenticio y de bebidas tuvieron una presencia preponderante. 





En efecto, la cosa no se limitó a electrodomésticos, autos y ropa, sino que incluyó también numerosos artículos como conservas, vinos, licores e incluso productos en fresco. El fenómeno se multiplicó casi geométricamente hasta 1998, cuando la crisis desatada un lustro antes por el llamado “efecto tequila” logró enfriar total y definitivamente la economía nacional. El negocio importador, no obstante, subsistió con regular salud hasta la tormenta de 2001, año en que se detuvo por completo. Desde entonces, pocos, esforzados y tímidos han sido los intentos de modificar esa situación, al menos en lo que al espectro vinícola se refiere. Las preguntan que cabe hacerse en este punto son las siguientes: ¿resulta imposible importar vinos? ¿Hay mercado para ello? Y, por último, ¿afectaría una hipotética apertura importadora el desarrollo de la ya retraída y golpeada industria nacional?

Si tratamos de contestar tales interrogantes en orden, debemos empezar por el de la imposibilidad. Cualquier persona vinculada actualmente al comercio exterior argentino sabe que las trabas gubernamentales son muchas y de toda naturaleza. Traer productos desde el exterior no es sencillo, a excepción de aquellos que pueden compensarlo con exportaciones, y aún así no resulta del todo seguro, ya que el humor y los anacrónicos prejuicios ideológicos de los funcionarios mandan ante todo y sobre todo. Sin embargo, hay empresas que lo están haciendo para nichos específicos y en pequeñas cantidades, por lo que debemos inferir forzosamente que, bien o mal, es técnicamente posible. Ello nos lleva al segundo punto, que es el de la existencia o no de un mercado capaz de justificar tantos esfuerzos y disgustos. No es simple analizarlo luego de una década de virtual desaparición de etiquetas importadas en las góndolas nacionales, pero podemos tomar como parámetro algunos productos adyacentes que son comercializados por el mismo gremio. Según afirmaciones vertidas por ciertos referentes del negocio, las bebidas destiladas y los comestibles (pastas secas, conservas, dulces, etcétera) tienen un éxito asombroso. “Te los sacan de las manos”, fue el comentario escuchado por el que suscribe, hace muy poco tiempo, de boca de un veterano empresario que acababa de vender nada menos que 300.000 pesos de productos importados a una conocida cadena de vinotecas porteñas.

¿Tendrían los vinos una suerte similar? No tengo dudas de que sí, siempre y cuando se trate de cosas dignas.  Hay, en nuestro país, una respetable cantidad de gente con la cultura vínica y los recursos económicos necesarios dispuesta a desembolsar su dinero por botellas importadas de regiones prestigiosas y productores reconocidos. Desde ya que no queda espacio alguno para la introducción indiscriminada de calidades inferiores (como sí ocurrió en los noventa), pero lo bueno, bien entendido, siempre tiene su clientela. Ahora queda por responder si una renovada presencia vínica del extranjero afectaría significativamente a la vitivinicultura patria. En principio, ese es el argumento rector que esgrimen las autoridades a la hora de poner trabas: la defensa de la industria nacional. Pero, ¿son realmente un peligro los vinos importados en un país que cuenta con miles de etiquetas nativas bien consolidadas entre las preferencias del público? Francamente creo que no, sobre todo porque vuelvo a pensar en los noventa y recuerdo que ni siquiera entonces los importados representaban una amenaza, aún estando en grandes cantidades y compitiendo palmo a palmo con los vinos domésticos en los mismos escaños de precio.

Si en la Argentina volviese a haber una libre importación de vinos, queda muy claro que ello se reduciría a un segmento destinado exclusivamente a especialistas, fanáticos, aficionados pudientes y otros  interesados que no se parecen en nada al consumidor común. Ergo, las etiquetas extranjeras no competirían con la producción local y constituirían una de las importaciones más inofensivas, acaso la más inofensiva de todas. Pero claro, para lograr una cosa así, primero habrá que librarse de ciertos estigmas que le prohíben a los argentinos acceder a ello por tratarse de “productos suntuarios” y cosas por el estilo. O mejor, librarse definitivamente de los colores políticos delirantes que llevan esas tonterías como bandera.

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