El proceso de
globalización de la vitivinicultura parece acelerarse con la crisis, en medio
de la falta de certezas sobre lo que vendrá. Entre un consumo interno en retracción y exportaciones que se mantienen estables
luego de una baja, veamos lo está sucediendo en la industria de la más noble de
las bebidas.
Como nunca antes había ocurrido en el mundillo vitivinícola local desde hace al menos veinte años, la mayoría de los referentes de la actividad coincide en señalar que el 2014 será un año de duras pruebas para los vinos nacionales. El panorama doméstico, que si bien no es malo tampoco tiende a mejorar visiblemente, se suma a las desalentadoras perspectivas internacionales. En semejante coyuntura, nadie duda que las bodegas argentinas están obligadas a hacer los números muy ajustados en todos los frentes: la propia producción, la comercialización interna y la exportación. El mercado vernáculo no ha cambiado mucho respecto de lo que viene ocurriendo en los últimos tres o cuatro períodos anuales. La baja del consumo es moderada, más cerca de una meseta estacionaria que de una caída. Los problemas de comercialización continúan igual, con serias dificultades para las bodegas más chicas, incapaces de pagar los altos costos que acarrea la presencia en los puntos de venta más apetecidos de las grandes ciudades. Así, muchas se ven obligadas a buscar pequeños nichos en zonas periféricas de Buenos Aires y el interior, aunque ello no tiene nada que ver con la crisis, puesto que es así desde hace mucho tiempo. Tal vez la situación pueda definirse de la siguiente manera: para las bodegas grandes, vender implica invertir más en la comercialización. Para las chicas, representa más esfuerzo y más tiempo. De las fronteras hacia afuera, la problemática actual no pasa por un tema de mayor o menor cantidad de vino, sino por la creación de estrategias para sortear la crisis. Lo que para algunos es una visión sombría del futuro, para otros representa una ocasión perfecta que permite definir políticas de promoción capaces no sólo de mantener los mercados mundiales ganados, sino además de conquistar otros. Incluso, en ciertos casos puntuales, el hecho de exportar cantidades inferiores en volumen no parece resentir los valores totales en términos económicos.
Ahora bien, la vitivinicultura internacional navega en un
mar de incertidumbres sobre su propio futuro, aunque con diferentes matices
según cada país y región. La superproducción es un fantasma que asusta no sólo
a los europeos, sino también a países del Nuevo Mundo. Nuestro vecino Chile,
por ejemplo, pasa por un difícil momento en materia de vinos producido por
condiciones económicas desfavorables y cierta dificultad para mantener los
mercados externos, que representan más del 90 por ciento de las ventas. La
situación de Australia es similar pero un poco más estable, sobre todo porque
allí las erradicaciones de viñedos comenzaron hace varios años y las
exportaciones se mantienen firmes. El consumo mundial, que había experimentado un ligero repunte en hace unos
cinco años, cae desde entonces por
razones que no solamente atañen a la crisis económica. El problema sigue siendo
el de siempre: por más crecimiento del consumo que haya, no es suficiente para
absorber los excedentes mundiales que por ahora no dejan de inflarse. En
semejante escenario, algunas naciones tienen frente a sí una situación
complicada en este mismo momento, mientras que otras parecen contar con algún
tiempo de tranquilidad por delante (no mucho, pero algo es algo) gracias a no
haber aumentado lo que producen de manera exponencial durante la última década.
Finalmente, se abre un interrogante frente a los países que aparecen como
futuros grandes consumidores, pero que podrían convertirse también en grandes
productores, especialmente para absorber la creciente demanda interna. Tal es
el caso de China y Rusia, quienes quizás no sean capaces de generar calidad
hasta dentro de mucho tiempo, pero sí puedan producir enormes volúmenes en un
período relativamente corto. Y, como todo el mundo sabe, las cifras gruesas que sustentan los mercados
se siguen moviendo en base a los vinos baratos.
¿Qué pasará de aquí en más? Es difícil afirmarlo en un
presente tan poco claro, donde nadie sabe muy bien qué quiere ni hacia dónde se
dirige. Como cualquier otra actividad productiva, la vitivinicultura está
sujeta a los vaivenes de la política mundial y al desarrollo de la economía,
pero tales condiciones fluctúan de una manera cada vez más imprevista y veloz.
Algunos países que hace diez años eran señalados como ejemplos por su
inteligente y agresiva inserción en los mercados de exportación hoy enfrentan
una gravísima crisis de la industria. Argentina, en cambio, que para la misma
época era prácticamente ignorada en materia de vinos de calidad, se ha
consolidado como un gran proveedor para todo el mundo. La supervivencia de esa
posición ya ganada dependerá, de ahora en más, de nuestras propias habilidades.
Foto: Flickr CC rogersmj
Foto: Flickr CC rogersmj


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