La tendencia de regresar a las fuentes es universal y
alcanza a todos los ámbitos, incluido el del vino. Frente a situaciones
concretas de revalorización histórica que están ocurriendo en Europa, ya es
hora reflexionar sobre lo poco que protegemos a algunos de nuestros vinos,
terruños y cepajes más tradicionales.
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| Semillón - Foto: Wikipedia |
A mediados de los
noventa comenzó a incorporarse en el ánimo de algunos bodegueros del viejo
continente la idea de “renovar” el perfil de sus vinos. Así, se abocaron de
inmediato a replantar buena parte de sus viñedos con variedades foráneas,
despreciando a las uvas ancestrales del terruño. Había que modificar, según se
creía, esa imagen anacrónica de vinos cansados, siempre iguales a sí mismos,
cada vez más difíciles de promocionar y vender. Sin pensarlo demasiado, en
algunas zonas la reconversión fue inmediata y frenética. En poco tiempo el
panorama cambió radicalmente: desaparecieron enormes extensiones de viñas casi
centenarias, generalmente de cepajes autóctonos y constitutivos del antiguo prestigio
de esos terruños, para dar paso a novísimos viñedos de Cabernet, Merlot, Syrah
y Chardonnay. Los recién llegados venían a refrescar, modernizar y
aggiornar aquellos caldos anticuados que, de acuerdo al criterio reinante en ese momento,
no tenían futuro comercial alguno. Una década después, los hechos demuestran lo
equivocado de ese punto de vista. La gran mayoría de los mismos empresarios
(especialmente españoles e italianos) que encararon aquella desafortunada
metamorfosis hoy venderían su alma al diablo con tal de recuperar algo del
patrimonio histórico representado por las cepas originarias de sus respectivas
zonas, esas mismas que despreciaron hace tan poco tiempo. A la modificación de
la tendencia se suma, además, el sentimiento de culpa por haber traicionado el
espíritu de sus antepasados, pioneros en establecer una identidad de vinos
asociada al
terroir.
Como resulta muy
lógico suponer, la tradición vitivinícola nacional no es cronológicamente
comparable con la de ningún país europeo. Sin embargo, después de ciento
cincuenta años de actividad, nuestra vitivinicultura adquirió su propia
silueta, moldeada al vaivén de las sucesivas y diferentes etapas de prosperidad
y de crisis. Pero, desafortunadamente, con excepción de algunos recientes y
explosivos resurgimientos, un alto porcentaje de los
terruños, cepajes y estilos de vinificación más tradicionales de los vinos
argentinos se ha esfumado o está en vías de hacerlo. El caso de algunas áreas
cercanas a la ciudad de Mendoza pone al descubierto la gravedad del problema.
Los viñedos ya son un recuerdo en Godoy Cruz, mientras que prácticamente se han
extinguido en Chacras de Coria, Guaymallén y Coquimbito. En esos lugares, la
urbanización aplastó hace años los últimos vestigios vitícolas con industrias y
barrios. En otros distritos, especialmente en el viejo Luján y en algunas partes de Maipú, no falta mucho
para que ocurra lo mismo: Mayor Drummond, Carrodilla y Cruz de Piedra ven desaparecer
día a día fincas centenarias, productoras de uvas que durante décadas
cimentaron la fama y el prestigio de muchas etiquetas y bodegas. La cuestión
toma un cariz dramático más hacia el oeste, por el Alto Luján, sobre todo en
Vistalba y Agrelo, donde hoy se ubican algunas propiedades que abastecen de
materia prima a bodegas de primera línea para sus vinos de alta gama. En esas localidades con sectores muy cotizados inmobiliariamente, el avance de los countries y barrios
privados está rodeando y aislando
lentamente a bodegas y fincas enteras. De seguir así, muchas de ellas pronto se
convertirán en verdaderas plazas entre medio del tejido suburbano mendocino.
La situación del
parque varietal criollo parecería revestir un panorama menos desolador, pero
existen algunos cepajes que se encuentran en el olvido, lo cual los conduce a
una lenta y paulatina erradicación. El ejemplo más típico es el del Semillón,
del cual existen todavía maravillosas parcelas (o lo que queda de ellas) en
Luján de Cuyo y el Valle de Uco. Y, del
mismo modo, ¿quién recuerda ya a los viejos vinos de solera sanjuaninos o las
bases para destilados que se elaboraban en esa provincia, algunos de los cuales
estaban al nivel de sus pares españoles y franceses, según los expertos? Quizás
los ejemplos citados no parezcan demasiado importantes, pero siempre es bueno
aprender de las experiencias ajenas. Ya hemos visto lo que está pasando en
Europa, done la historia reciente nos demuestra que los cambios sólo son
positivos si se hacen de un modo lento, razonado y seguro. De lo contrario, en
el ámbito del vino argentino, podríamos encontrarnos muy pronto frente a
pérdidas irreparables. Tal vez todavía estamos a tiempo.
3 comentarios :
Recuerdo la variedad Refosco, emblema de la Escuela de Enología Don Bosco de Rodeo del Medio, de donde el novel enólogo Héctor Ponte las introdujo en los viñedos de la ciudad de San Nicolás de los Arroyos en 1928 para darle color a los claretes elaborados con Pinot Gris. También es difícil encontrarlos actualmente.
Gracias por el comentario, Walter. Tu conocimiento histórico y tu trabajo actual en el terruño de San Nicolás (verdadera "Meca" del vino bonaerense durante 100 años)es un ejemplo de la revalorización histórica de ciertas comarcas olvidadas. Un abrazo.
Gustavo Choren
No olvidar Entre Ríos, que hace un centenar de años era, si no me equivoco, la tercer provincia en cantidad de hectáreas implantadas. Hoy por suerte funcionan allí (en Colón, vos lo sabés Gustavo) un par de bodegas. Respecto del Semillón, es destacable lo de Humberto Canale. Ellos siguen apostando al cepaje. Es más, le dan protagonismo hasta en sus espumantes. Otra baja que lamento es en el rubro ESTILOS. ¿Qué pasó con Weinert? Del tradicional argentino solo nos queda Lopez y un par de vinos de autor. A Dios gracias. Abrazo. LAVACOPAS.-
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