El aumento de precios
y costos es un tema que está en boca de todos los actores de la vitivinicultura
argentina. Pero hay otro tema tanto o más dramático, que es el de las
dificultades de comercialización. ¿Está la venta de vinos totalmente
degenerada?
Según su definición más básica, la inflación es todo aquel aumento de precios en relación a una cierta moneda. Este fenómeno afecta a todos los bienes y servicios de una economía, por lo que casi no existen variables de ella que no lo sientan en mayor o menor medida. Afecta a las empresas, a los consumidores, a los asalariados, a los comerciantes y a los jubilados. También golpea (y con dureza) a quienes residen en el sector más desprotegido de todos, incluso cuando están prácticamente fuera del sistema, dado que lo poco que reciben se ve fuertemente mermado o tiende a perder su escaso valor con extrema rapidez. La industria del vino vive su realidad en torno a varios desafíos. El atraso cambiario y la crisis mundial se suma al aumento permanente de costos que, casi inevitablemente, debe ser trasladado a los precios.
En el ámbito del vino, cualquiera de estos problemas hubiera
sido mucho más llevadero hace diez o doce años, cuando las bodegas eran menos y
contaban con líneas de productos no muy numerosas , poco segmentadas en sí
mismas. Vale decir, una línea económica, una o dos intermedias y algún vino
superior, emblemático de la casa. Pero
las cosas se modificaron vertiginosamente a partir del nuevo siglo con la
avalancha de nuevos jugadores y una multiplicación marcaria que no sólo abarcó
el surgimiento de nuevos nombres, sino que comprendió también la aparición de
infinidad de variantes dentro de una misma denominación comercial. Por
supuesto, alguien tiene que vender semejante masa de artículos, y de eso se
trata esta nota. En la confidencialidad
(porque parece que está mal visto decirlo en público), los empresarios
del sector se quejan de las cada vez mayores dificultades para vender en
nuestro país, de la competencia desleal, de la venta por internet, de la
voracidad de las vinotecas y de la informalidad de los restaurantes. A la
gruesa tajada que de por sí se lleva el comercio se suman pedidos de dádivas de
todo tipo, desde mercadería hasta dinero en efectivo, degustaciones para
clientes (donde la bodega pone y el comerciante cobra) y otras formas de
presión que aumentan los costos mucho más que los corchos, las botellas o los
salarios. Cuando uno se mete en ese mundo casi temible, se asombra de que el
productor, después de todo sus esfuerzos, termina percibiendo sólo un 25%, o
incluso menos, del precio que pagan los consumidores por una botella.
Los establecimientos vinícolas chicos señalan con el dedo a
los grandes y dicen que son los culpables, que fueron los que empezaron con las
malas prácticas, pero la realidad es que el frenesí por vender hizo que
demasiadas personas se hayan dedicado al comercio del vino por la conveniencia
que conlleva pedir casi todo a cambio de casi nada. Muchos suelen preguntarse cómo
hacen algunas vinotecas chicas y restaurantes para sobrevivir, y la respuesta
es que son un residuo marginal de esa desesperación que ataca a la industria.
La mayoría de tales comercios está compuesta por emprendimientos absolutamente
inviables, completamente ineficientes, cuyo único sostén es la generosidad de
la vitivinicultura (mal entendida, por supuesto). Francamente asombra la
capacidad de humillación de las bodegas (que sufren a diario los vendedores)
cuando desean incorporar sus etiquetas a algún comercio del ramo. Hace poco, un lúcido
y veterano protagonista del medio me decía si era justo que los restaurantes
pagaran con tanto atraso sus facturas de vinos, siendo que la carne, los lácteos o la
verdura se pagan al contado.
Quizás me digan que hay que vivir y dejar vivir, que las
vinotecas y los restaurantes son necesarios (eso nadie lo duda) Pero también
hay que señalar la existencia de vineros y empresarios gastronómicos que
cumplen, que pagan puntalmente, que no piden cosas fuera de la lógica. Son
minoría, desde ya, pero existen. Y si ellos existen, significa que el negocio
puede ser encarado desde una posición más honesta, en la que el propósito no es vivir
a expensas de los proveedores. Es simple: si una vinoteca o un restaurante no
puede sostenerse prescindiendo del uno por uno, del pago a 120 días y de toda
esa esa locura que se convirtió en hábito, debe significar que no tiene sentido
comercial alguno. Ergo, es mejor que cierre. Después de todo, para ganar mucha plata rápidamente hay actividades más adecuadas, como el narcotráfico y la política..
Pero claro, el chancho se acostumbró a la abundancia fácil y
ahora no quiere parar. ¿Es realmente suya la culpa? Yo creo que no.
Foto: Flickr richardsimms
Foto: Flickr richardsimms

1 comentarios :
Buen punto de vista. Prácticas desleales existieron siempre y en todo el mundo... pero como aquí y ahora va a ser difícil de ver, salvo aquí y más adelante, porque no se ve que pueda mejorar. Formamos lamentablemente una sociedad de sálvese quien pueda...aunque somos muuyyy solidarios. Así nos va. Una verdadera pena. Tratamos en nuestro pequeño emprendimiento evitarlo. Esperamos tener éxito. Saludos y avanti!!
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