Aunque pocos las
recuerdan, ciertas modas que parecían arrasar con todo fueron perdiendo
vigencia hasta casi desparecer de la actividad vitivinícola y su mundo
adyacente. Aquí presentamos algunos de esos furores que se fueron tan rápido
como habían llegado.
La fabricación de bienes para consumo masivo requiere una renovación permanente de los productos y, por consiguiente, un sistema que acelere su venta. Dicho de ese modo la cosa parece sencilla, pero detrás de ella se esconde toda una estructura de comportamiento que alcanza la vida de las personas, ya que también implica la introducción de cambios en el estilo de vida. Y si bien es cierto que el origen de este fenómeno social se pierde en el pasado, su apogeo se produjo en el siglo XX de la mano del desarrollo de los medios de comunicación. Hablamos, desde luego, de las modas, esas que también se dan en el vino casi constantemente.
Ahora bien, las modas del vino no siempre han llegado para
quedarse. Muchas de ellas tuvieron un paso más o menos prolongado por los
procederes de la industria y las costumbres del consumidor, pero otras fueron
tan fugaces como la vida de una mariposa. Paralelamente, la aceleración de los
tiempos se incrementó durante la última década, período en el cual se verifican
la mayor parte de las tendencias pasajeras que vamos a señalar. En efecto, aquí
va una pequeña lista de algunas cosas que hicieron su aparición hace
relativamente pocos años, y de las que muchos se han olvidado.
- La botella esmerilada. Tal vez haya sido una de las modas que
duró más tiempo, dado que su origen en estas latitudes se remonta a principios
de los años ochenta, cuando fue
introducida por Navarro Correas para generar un toque de prestigio y
elegancia visual en sus productos. La cosa funcionó bien durante más de diez
años, pero finalmente sucumbió ante su generalización en etiquetas de segmentos
económicos. Hoy no existe ningún ejemplar de tal especie en ninguna franja de
precios.
- La botella “flange”. Otra variante
botellera que entró en boga allá por 1994 de la mano de Robert Mondavi. Se
trataba de un envase con pestaña sobre el extremo superior del pico, sin
cápsula, con un sello de lacre o papel cubriendo la cara superior del corcho.
Aquí la puso en práctica Luigi Bosca, luego Tapiz (entonces nueva en el mercado
nacional) y algunas otras empresas. Al final ocurrió lo mismo que con las
esmeriladas: ante el abaratamiento de los costos comenzó a ser usada para vinos
de poca monta, lo que ahuyentó velozmente a sus cultores mejor posicionados.
- Los vinos de bajo alcohol. Florecían los noventa cuando todo
indicaba que la cultura de lo light llegaba
al vino. En Europa y USA hacían furor los vinos desalcoholizados, con
graduaciones de menos de cinco grados, incluyendo el cero absoluto. Dentro de
nuestras fronteras se le animó una bodega líder, pero el fracaso fue inmediato
y total. Hoy está claro que el vino es vino, y para tomar cosas sin alcohol hay
mejores alternativas como el agua, las gaseosas y los jugos.
- Los wine lockers. El antiguo Club del Vino (del recordado
Cacho Vázquez, en su sede de la calle Malabia) fue el primero que tuvo la idea
de construir un sector de pequeñas cavas individuales para alquilar a los
socios que quisieran guardar sus
botellas bajo llave. Luego se plegaron algunas vinotecas nacientes, pero la
cosa duró muy poco. El motivo del fracaso es simple: la aparición de las cavas
climatizadas dejó caduca la necesidad de tener el vino lejos de la propia casa.
- Los remates de vinos antiguos. Esta fue una moda muy cercana
en el tiempo, que nació, vivió y murió
en menos de diez años. Parecía que la Argentina iba a igualar a las
grandes capitales del mundo con las subastas al más puro estilo de Christie’s y Sotheby’s. Desde luego, no
existen motivos realmente inteligentes como para pagar precios muy altos por
vinos nacionales viejos (y generalmente muertos organolépticamente), pero
parece que los millonarios criollos tardaron algún tiempo en darse cuenta.
Hacia 2006 se realizó la última ceremonia de esta modalidad.
- Los dispensers para vinos por copa. Muchos me dirán que el
vino por copa y los dispensers existen todavía, y es cierto, pero seguramente
no recuerdan las perspectivas que el asunto generaba allá por el 2002. Yo mismo
entrevisté alguna vez a un eufórico fabricante de estos artefactos que se
vislumbraban como algo imprescindible para los futuros locales de la gastronomía
vernácula. Doce años después, la realidad es
incontrastable: el vino por copa no prendió, su participación en el
mercado jamás pudo superar un porcentaje marginal, y fabricar dispensers es una
actividad claramente ruinosa.
¿Qué otras modas pasarán a ser recuerdos en el futuro?
Imposible saberlo, pero tal vez me encuentre haciendo una nota del mismo tenor,
con otros componentes, dentro de diez años. Ya lo veremos.

2 comentarios :
Y los vinos purpúreos y con sangría... LAVACOPAS
Es verdad, pero todavía quedan algunos cultores de esa filosofía. Cada vez menos, por suerte.
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