NO TODO ESTÁ EN EL CORTE

Hay quienes dicen que los varietales están dejando paso a los blends entre las preferencias de los consumidores calificados. Pero, ¿tiene sentido juzgar a los vinos por esa condición?


Durante muchos años, en nuestro país, los vinos eran vinos, simplemente. Luego llegó la moda de los varietales y los vinos de corte (que luego fueron denominados assemblages, y más recientemente blends)  Hoy, al menos en la alta gama, estos últimos parecen encabezar el podio del prestigio y  los precios. Pero, ¿es una cosa mejor que la otra? ¿Un blend es, por alguna razón, más “sofisticado” que un varietal? El verdadero fondo de la cuestión tiene sus raíces en el origen mismo del bloque vitivinícola moderno. Desde principios de la década de 1980, en el mundo, los vinos varietales fueron ganando terreno entre las preferencias del consumo hasta llegar a una posición de liderazgo en el mercado de los vinos finos que todavía subsiste, al menos en términos de volúmenes de producción y ventas. En cierta manera, la movida revolucionó la relación entre el vino y las personas, haciendo que éstas dejaran de verlo como un artículo excesivamente hermético y sofisticado, para convertirse en una bebida moderna y placentera. De hecho, el conocimiento de las diferentes uvas a través de sus ejemplares embotellados continúa siendo el modo más común, tanto teórico como práctico, en que la gente inicia su afición por los buenos vinos. Pocos años después de producido el auge, algunos empezaron a tildarlo de moda, de actitud temporaria y pasatista, de "locura de fin de siglo" que se había contagiado entre los distintos actores de la actividad. Sin embargo, el análisis presente de la situación permite afirmar que quienes sostenían esa opinión estaban equivocados por partida doble. No sólo porque la práctica de elaborar vinos a partir de una sola variedad es algo frecuente en muchas regiones europeas clásicas, sino también porque aquella supuesta "moda" continúa hoy tan vigente como entonces: los vinos varietales no perdieron ni la más mínima porción de su popularidad. Tampoco es real el pretendido status superior que se les quiere aplicar a los blends en el mercado actual, ya que muchas de las más costosas etiquetas nacionales provienen de una sola uva. Incluso trataremos de ir más allá y veremos que, en sí mismos, los conceptos de varietal y blend son mucho más ambiguos de lo que parecen.

Lo primero que hay que entender es que carácter de ciertas variedades de uva constituye el cimiento sobre el que se sostiene la personalidad  de muchos vinos del mundo, incluso cuando su participación no es excluyente. Por eso, no sólo se puede hablar de los vinos más famosos del planeta que transitan por la varietalidad pura, directa y bien conocida (como los borgoñas), sino que existe una legión de ejemplos en donde un cepaje dominante resulta indispensable para dar forma a un estilo propio y particular. Técnicamente, un Rioja tinto es un blend de hasta tres variedades, pero tanto su personalidad como su prestigio se basa en el perfil que le aporta una sola de ellas, independientemente de que su presencia sea del setenta, del ochenta o del cien por ciento. Los ejemplos pueden extenderse casi hasta el infinito, incluso abarcando ejemplos de regiones históricamente reconocidas por ser "bastiones" del blend. Cualquiera puede imaginar o conjeturar cómo es un vino del Medoc sin Petit Verdot pero, ¿quién podría hacer lo propio si éste careciera de Cabernet Sauvignon? Así, queda claro que numerosos vinos de corte de todo el mundo deben su reputación a la silueta de un determinado cepaje incluido en su composición, lo que pone de manifiesto la dificultad para asignarle un verdadero sentido al blend por el blend en sí mismo. Sin perjuicio de los casos individuales, que sin duda existen, y de los "cortes variables" según cada cosecha (una práctica que se extiende rápidamente en las altas gamas), donde la composición no está sujeta a ninguna fórmula preestablecida, son realmente pocos los vinos del mundo que deban su fama pura y exclusivamente al hecho de ser assemblages. Los de Chateauneuf-Du-Pape, quizás, podrían conformar uno de ellos.

Como conclusión, podemos decir que más allá de su interacción con el terruño, la vinificación y la crianza (que pueden modificar el perfil de la fruta de manera radical), queda clara la existencia de variedades de naturaleza dominante y otras de naturaleza neutral, y que su porcentaje de participación en un vino no constituye un concepto de validez absoluta ni sigue una lógica matemática. Un vino puede ser legalmente varietal y tener aromas predominantemente ajenos a su cepaje insignia, mientras que un blend puede estar formado por una miríada de uvas, en diferentes proporciones, y aún así mostrar la personalidad inconfundible de una sola de ellas. Tejiendo ese razonamiento, se deduce que las variedades de uva constituyen uno de los muchos factores que inciden en la elaboración de un vino, pero no son, en sí mismas, la clave única de la calidad. Tal vez no esté lejos el día en que los consumidores inteligentes comprendan que los vinos de calidad serán siempre eso, vinos de calidad, mas allá de estar elaborados con una, dos o cinco variedades.

Foto: © Marcelopoleze | Dreamstime Stock Photos

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