ESE HIELO TAN TEMIDO

De todas las catástrofes naturales que ocasionalmente afectan a los viñedos argentinos, existen dos que generan el mayor temor: las heladas y el granizo.




Para los viñateros argentinos, una noche primaveral que se prevé muy fría o unas nubes negras, espesas y amenazantes, que se acercan por el horizonte, generan un incómodo estado de intranquilidad, de desasosiego, aún cuando todavía no haya ocurrido nada. Pero los productores de uva tienen sobradas razones para sentirse así. Las noches muy frías o las nubes negras pueden ser el preludio de las dos calamidades más temidas y destructivas que azotan  a los viñedos argentinos: las heladas y el granizo. Con diferentes matices, envergaduras y zonas de "preferencia", tales contingencias se elevan como dos verdaderos jinetes del apocalipsis vitivinícola, debido al grado de destrucción que pueden llegar a dejar tras de sí. Sin embargo, más allá del temor casi religioso que engendran en el ánimo colectivo, son estoicamente combatidos mediante distintos sistemas de prevención y protección. Los humanos, como siempre ha ocurrido, no se resignan a sufrir las fatalidades de la naturaleza sin presentar batalla.

Como un veneno sutil, que va dominando el cuerpo hasta hacer su mortal efecto, la helada no conlleva ningún fenómeno espectacular visual o sonoro; simplemente ocurre. A veces, sus consecuencias no pueden ser detectadas hasta varios días después, cuando las plantas comienzan a ponerse marrones por la necrosis celular que produce el congelamiento, o hasta la misma cosecha, cuando se verifica una drástica disminución en el peso y la calidad de los granos de uva. El desenlace que puede tener depende mucho de la fecha específica, ya que cuanto más tarde se produzcan es peor su efecto, por estar las plantas en estado vegetativo más desarrollado.

En forma contraria a su maléfica hermana, el granizo se presenta con una espectacularidad digna de una película de Hollywood: nubes oscuras, truenos, rayos y relámpagos son el anticipo para la caída de los nefastos granos de hielo, de cuyo tamaño depende notablemente la intensidad del daño. Sin embargo, todo el mundo coincide en que el granizo (que cae en "mangas" de desarrollo lineal) suele ser mucho más localizado que la helada, y es común que la piedra afecte a un productor y no a su vecino, situado a pocos metros. Son frecuentes los años en los que se produce este tipo de fenómenos con la misma y típica característica de autolimitación en sectores  localizados, a veces lindantes entre sí y a veces  no, como si el fenómeno siguiera un "sendero", casi siempre más largo que ancho, pero no siempre continuo.  

Con todo, existen numerosos sistemas para combatir las heladas y el granizo. En el primer caso, los mejores métodos se reducen a tres prácticas bien específicas. La primera es el riego por aspersión, o sea mojar los viñedos con agua, que debe ser rociada en forma constante.  Otro procedimiento consiste en proyectar aire ligeramente más caliente desde una altura determinada (llamada "techo de inversión" a unos 15 a 20 metros) hacia el suelo, que siempre está más frío. En esta modalidad es necesario instalar ventiladores especiales o sobrevolar el viñedo con helicópteros, lo que da una idea de los altos costos que implica, al igual que ocurre con los calefactores de gran, aunque el mismo principio suele ser aplicado de maneras  rudimentarias. Para el granizo, la protección típica consiste en proteger las plantaciones con telas o mallas. Esta técnica no es nueva, pero los materiales disponibles actualmente (plástico) mejoraron mucho las cosas en relación a los que se utilizaban en el pasado (alambre). Por último están los consabidos cañones, un viejo método de origen francés que se basa  en las ondas sonoras que generan las explosiones en altura, capaces  - supuestamente - de dispersar las tormentas, aunque no son pocos los que le asignan un papel puramente "psicológico", más que otra cosa. 

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