Detrás del Malbec, el
Cabernet Sauvignon, el Merlot y el Syrah existe todo un pelotón de cepajes
tintos que constituye buena parte de la variedad de vinos asequibles en el
mercado argentino.
La presencia de tantos y tan diferentes cepajes en los viñedos argentinos parecería responder a una planificada estrategia agrícola de larga data, pero lo cierto es que no existe ningún elemento histórico que permita sostener la hipótesis de un desarrollo intencional de los viñedos, al menos hasta la década de 1990. Por el contrario, todo indica que las diferentes variedades de uva se incorporaron al encepado nacional de un modo meramente circunstancial. De manera lenta pero sostenida, los inmigrantes europeos que se asentaron en las regiones productoras de vino desde 1850 hasta 1920, fueron implantando material vitícola traído por ellos mismos desde sus países de origen. Es lógico suponer, también, que muchas de esas uvas no lograron adaptarse a la ecología de los viñedos argentinos y terminaron desapareciendo por completo en la primera mitad del siglo veinte.
Pero otras sí lograron aclimatarse y se quedaron para
siempre. El Malbec y el Torrontés constituyen, sin duda, los casos más
emblemáticos, aunque existen en la Argentina importantes extensiones cultivadas
con variedades clásicas de primera línea, como las francesas Chardonnay,
Semillón, Sauvignon Blanc, Chenin, Cabernet Sauvignon, Merlot, Syrah y Pinot
Noir, la española Tempranillo, la alemana Riesling y las italianas Sangiovese y
Barbera. Como si semejante patrimonio vitícola fuera insuficiente, es notoria
también la presencia de una larga lista de cepajes menos conocidos y
prestigiosos, como el Ugni Blanc, el Bequignol, el Tannat, el Bonarda, el Pedro
Giménez y el Moscatel de Alejandría, algunos de los cuales se prestan, incluso,
a profundas discusiones técnicas entre los especialistas, quienes no logran
alcanzar una certeza absoluta sobre la verdadera identidad de los cultivares.
Para completar el cuadro, este verdadero crisol de uvas se
ha visto mejorado y completado en el último quinquenio gracias al interés de
muchas bodegas en desarrollar nuevos productos, como lo demuestra la reciente
implantación de las variedades Pinot Gris, Viognier, Verdelho, Agliánico,
Montepulciano, Zinfandel, Cabernet Franc y Nero D´avola – mencionando, una vez
más, sólo una fracción de un total mucho mayor- que parece dotar a la industria
del vino de un renovado impulso por experimentar sin descanso en la búsqueda de
sabores diferentes y novedosos. En función de esto, probamos siete ejemplares
de las variedades tintas menos convencionales (aunque ya hay algunas que
empiezan a serlo).
Altos de San Isidro
Barbera 2010 ($ 75): un excelente tinto de la bodega salteña Herrero
Cerezo, hecho con una uva poco frecuentada en nuestro país. Vino cálido, de
aromas profundos a frutas maduras y boca vinosa, envolvente, amable, como para
tomar mucho y bien. Excelente relación calidad-precio.
El Hijo Pródigo
Tempranillo 2012 ($ 84): aunque el estereotipo más extendido del
Tempranillo remite a los tintos españoles con crianza prolongada en roble, hay
ejemplares argentinos que privilegian la fruta. Así sucede en este caso, el de
un vino fresco y aromático, con notas frutadas y levemente especiadas que se
confirman en una boca de taninos finos.
Las Perdices Reserva
Bonarda 2010 ($ 100): etiqueta consagrada entre los consumidores
calificados, quienes encuentran en ella una buena complejidad que empieza por
un carácter primario de fruta fresca junto con los tonos de la madera que
acompañan sin sobresalir. Vino amplio, con cierta capacidad de guarda (dos o
tres años), que se lleva bien con carnes grilladas y pastas al tomate o queso.
Paz Bonarda 2010 ($
100): hay vinos que parecen estar hechos para agradar. Así ocurre con el
Paz Bonarda, que tiene todo lo necesario y en cantidades casi perfectas: fruta,
madera, redondez de taninos y prolongación de sabor. Todo está y nada sobra en
este tinto muy bien elaborado. No sorprende, pero nunca defrauda.
Domingo Molina Tannat
2013 ($ 160): probar un Tannat salteño 2013 (que todavía no salió al
mercado) es casi un privilegio, ya que permite apreciar las bondades de la cepa
en un terruño alto y luminoso. Lejos de la dureza que exhibe en sitios húmedos
y templados, el microclima calchaquí lo vuelve potente y vibrante pero nada
agresivo, con mucha fuerza en el buen sentido.
Montechez Cabernet
Franc 2011 ($ 165): el Cabernet Franc crece y crece, al punto de que
pronto, tal vez, haya que sacarlo del grupo de las variedades “no
convencionales”. La nueva etiqueta de Montechez está muy bien dentro de una silueta más frutada que
vegetal, de estilo argentino típico, es decir, tirando a robusto y pleno en
lugar de filoso y herbáceo, como suele ser en otras latitudes.
Decero Mini Ediciones
Petit Verdot 2010 ($ 180): otra uva
de características ideales para ser cultivada en los soleados viñedos de
nuestro país. Decero apunta a la imagen poderosa y contundente que lleva como
bandera el Petit Verdot, con mucha calidez y fruta. Tinto impactante, de estilo
moderno, bien hecho.


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