No siempre se tienen la oportunidad y el placer de
probar un vino argentino de la vieja guardia con casi cuarenta años de
edad. Y mucho menos frecuente es que
resulte rico. Así pasó junto a un grupo de amigos, y esta es la crónica de ese
momento inolvidable.
Valroy era una antigua marca de la vieja Bodega Arizu, esa que tenía dos establecimientos: uno en Godoy Cruz, allá por la Avenida San Martín al 1500, y otro en Villa Atuel. En esta última localidad contaba además con el viñedo de un solo paño más grande del mundo: 2.000 hectáreas ininterrumpidas, casi un mar de vides en medio del sur mendocino. Muy conocida en su época, elaboraba nobles productos que abarcaban todos los tipos y franjas de precio de entonces, desde espumantes tipo champagne (con estricto método champenoise) hasta honestos vinos para todos los días, como el legendario Cruz del Sur, que vistió buena parte de las mesas patrias durante las décadas de 1960 y 1970. Otro de sus pergaminos históricos consiste en haber acreditado dentro de sus filas a don Raul De La Mota, un prócer de la enología nacional fallecido hace pocos años. En otras palabras, estamos hablando de una empresa fundamental de nuestra vitivinicultura, cuyas etiquetas deleitaron a varias generaciones de argentinos.
Lo bueno de todo
es que la gentileza de Joaquín Alberdi, reconocido propietario de una de las
mejores vinotecas porteñas, me permitió disfrutar de una joya cosecha 1975
junto a un grupo de buenos amigos. Era nada menos que un Valroy “Borgoña”, cuya
botella, etiqueta y cápsula denotaban, en principio, una guarda bastante
cuidadosa y tranquila. La apertura con el sacacorchos especial “de tiras”
confirmó el buen estado del añejo producto, ya que el tapón salió entero y
mojado sólo en su parte inferior. Servido en las copas presentaba el lógico
color teja profundo, pero bien brillante. En la nariz exhibía lo que siempre
aparece en los vinos muy añosos cuando son muy buenos, es decir, un mix de
notas a café, confituras, maderas y ciertas especias dulces. Lo mismo sucedió en
la boca, donde logró pasar con toda su añeja dignidad, muy íntegro, sin ningún
rasgo de acidez mala, con mucho equilibrio y sedosidad. Realmente fue un placer
de principio a fin, casi como si quisiera dejar testimonio de que en su época
también se hacían vinos de buena calidad.
Para finalizar,
aquí va el texto impreso en la contraetiqueta, con el estilo florido y
grandilocuente propio de su tiempo: “Este
vino es el resultado de la selección de las mejores uvas tintas, que a través
de años de infinitos cuidados en las soleadas viñas mendocinas maduran en todo
su esplendor. Su posterior añejamiento en viejos toneles de roble de Nancy a la
temperatura ideal que le da la sombra de las cavas, le confieren
características que desde hace siglos identifican a un buen Borgoña: un vino de
gran finura, buen cuerpo, excelente aroma y color profundo”.

3 comentarios :
Me parece estupendo...que despues de tantos años ..se rinda un petit homenaje a esos ""forjadores "" de muy buenos vinos...en mi caso particular,ya hacia alos que bebia,,ni hablar de algunos conocidos como ""comunes"...LA VITIVINICULTURA ARGENTINA TIENE UNA HISTORIA ...QUE MERECE SER CONTADA Y APRECIADA...
Celebro el gran descubrimiento, y agradezco las justas y precisas palabras de Choren para describir semejante etiqueta.
Que linda descripción de vino (de 1975!).
Como siempre honrando a su trabajo,
don Gustavo Choren.
Saludos, Lucila RM
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