APROVECHAR LA COYUNTURA

Las crisis generan muchos problemas, pero también oportunidades. En el actual contexto inflacionario no es difícil encontrar ofertas de vinos sumamente tentadoras.




Las experiencias del pasado nos dicen claramente que nada bueno les espera a los consumidores en tiempos de inflaciones severas, que son aquellas en las que el porcentaje anual resulta mayor al veinte por ciento. El problema reside en que la desvalorización del dinero tiende a superar cualquier mejoría en los ingresos de la gente. Sin embargo, también suele ocurrir que la inflación genere oportunidades de formas muy eventuales y localizadas. Precios que están retrasados un par de días respecto a una nueva lista con aumento, valores levemente desfasados por descuido de algún comerciante, o simplemente ofertas inesperadas pueden poner a la gente frente a una ganga. Y en la particularísima y delicada coyuntura presente de la vitivinicultura nacional, es probable que los próximos tiempos sean tan duros para la industria como pletóricos de oportunidades para los consumidores. ¿Es eso posible? Por supuesto que sí, y veremos por qué.

En el campo de la comercialización por botella cerrada  las góndolas y estanterías de supermercados y vinotecas son el campo de batalla final donde las bodegas hacen sus últimos esfuerzos para cautivar al consumidor, previa lucha para haber llegado hasta allí. En general, las grandes cadenas suelen ser el lugar de pelea más propicio para el segmento de precios inferior a los cincuenta peros, en el que cobran especial importancia las cuestiones de exhibición y presencia.  El logro de ese objetivo no es fácil, ya que cada empresa tiene que pasar por duras negociaciones, que a comienzos de año  se llevan a cabo en una especie de "tire y afloje" que termina cuando se llega a un acuerdo sobre un porcentaje determinado de utilidad para el supermercado calculado en base al precio de venta del producto. Las estanterías de las vinotecas, por su parte, son la vidriera ideal para las marcas con precios superiores al medio centenar de pesos, y si bien suelen trabajar con márgenes más altos, no requieren grandes inversiones por espacios especiales. Para las bodegas chicas se trata de una oportunidad más o menos accesible según el caso; para las grandes, un modo de discriminar sus productos premium de sus líneas de consumo masivo. Aquí, el problema consiste en los larguísimos plazos de pago, que muchas vecen terminan licuando la rentabilidad en un contexto altamente inflacionario.

Ahora bien, ¿Qué puede tener de bueno todo esto para los consumidores de nuestro país? La  respuesta está en las conductas que genera la propia crisis. Las dificultades para colocar los productos suelen terminar con el lanzamiento de ofertas, promociones y otro tipo de oportunidades que ya son costumbre en algunas cadenas, pero que seguramente se ampliarán en el futuro cercano. Algunas firmas reacias a esta conducta, según creo, pueden llegar a modificar su punto de vista muy pronto. Por supuesto que los precios nominales nunca bajan, pero el caso es que, en el afán de vender,  se termina ofreciendo más mercadería por menos precio. Los descuentos con tarjeta, los descuentos en la segunda unidad, las ofertas tipo 3x2  y otros factores complementarios seguramente acrecentarán este fenómeno que ya está asomando, y que no resulta bueno para la propia industria en el canibalizado entorno de la comercialización. Pero seguramente será positivo para el siempre sufrido consumidor local. Quizás, en el medio de la tormenta, una oferta lleve a la mesa del buen aficionado argentino alguna botella hasta entonces inalcanzable.

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