Comida simple y económica como pocas, el puchero continúa
constituyendo uno de los pilares de la gastronomía popular, tanto en Europa
como en América. De hecho, el puchero (cuyo nombre alude a la tradicional olla
“más alta que ancha”) no tiene un origen definido más allá de su simple
condición de plato campesino. La sencilla receta consistente en hervir
largamente distintas carnes y verduras debió haber sido, seguramente, un modo
valioso y a la vez accesible para dejar que el almuerzo se preparara
prácticamente solo, mientras las familias trabajaban en el campo. No obstante,
la concepción elemental del agua en el fuego a la que se le tiran alimentos
para que se cocinen, fue dando lugar a diferentes versiones de acuerdo a los
ingredientes asequibles en cada región europea. Así, en España se habla del
“cocido” (tal vez la influencia más directa sobre el nuestro) y en Francia del Pot-au-fu, existiendo asimismo similares
en las cocinas típicas de Bélgica, Rusia y otros países del viejo continente.
Claro que, llegados a América, los europeos encontraron toda una miríada de nuevos productos que enriquecieron y mejoraron las fórmulas originales: maíz, papas, batatas y zapallo. Con todo ello más las consabidas carnes de vaca, cerdo y ave, el tocino, la acelga y los embutidos, la olla se completa para dar paso a una preparación que ya no distingue clases ni condiciones sociales. No por nada hoy se habla de los pucheros “de lujo” (como el madrileño), mientras que otros perduran en el imaginario colectivo como cocidos extremadamente humildes. Tal es el caso del puchero de gallina, ave muy común aún en los hogares más modestos e ideal para las cocciones largas por su carne dura, mucho más consistente que la del pollo.
Pero siempre se trata de una comida suculenta,
suficientemente contundente como para hacer las veces de plato único. La manera
clásica de consumirla es comiendo primero los ingredientes sólidos, para luego
deleitarse con el caldo resultante de la cocción. De más está señalar que no se
trata de un plato apto para los amantes de la vida light, sino para aquellos que desean comer y alimentarse como Dios
manda. El vino y el pan son los complementos ideales, sino únicos, de esta
noble preparación. Ahora bien, huelga
decir que estamos hablando de contenidos grasos importantes, capaces de chocar
con los tintos muy tánicos. ¿Cómo?
¿Acaso no son los tintos robustos los compañeros ideales de esta vieja
preparación? No, si resultan demasiado astringentes. ¿Qué vinos se presentan
como los mejores, entonces?


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