Hace pocos años, mucha gente se sorprendió por
la aparición de proyectos vitivinícolas en el sudoeste de la provincia de
Buenos Aires. Sin embargo, el pasado nos dice que alguna vez existieron
importantes bodegas productoras en San Nicolás, Escobar, Quilmes, y hasta en el
mismísimo barrio porteño de Caballito.
Después de casi
setenta años de un virtual monopolio mendocino y sanjuanino en materia vitivinícola,
los argentinos tenemos cierta inclinación a sorprendernos cuando nos hablan de productos hechos en
lugares que no sean precordilleranos y secos. Pero las cosas no eran así hace
cien años, cuando Entre Ríos y Buenos Aires ocupaban el tercer y cuarto lugar,
respectivamente, en la elaboración de vinos. Esta última provincia tenía un
polo bodeguero muy importante en la ciudad de San Nicolás, así como algunos
establecimientos destacados en las localidades de Escobar y Quilmes. Lo más
impensado de todo, no obstante, es que también existió una bodega con viñedos
propios y marcas muy populares instalada en pleno corazón porteño, muy cerca de
lo que hoy conocemos como Parque Centenario.
Las bodegas de San
Nicolás fueron las más importantes en términos numéricos y cronológicos.
Llegaron a contarse hasta 50 establecimientos en su mejor época (decenios de
1930 y 1940), y su industria duró exactamente 100 años, desde 1886 hasta 1986,
cuando cerró la última bodega, llamada sugestivamente El Tigre. Las causas que motivaron esa desaparición fueron muchas:
competencia feroz de los productos cuyanos, persecución sistemática de las
autoridades de control (que estaban radicadas en Mendoza), aparición de otras
producciones más rentables y la instalación de la célebre SOMISA, que provocó
un masivo éxodo de los trabajadores del vino hacia la industria metalúrgica.
Escobar y Quilmes
tuvieron su edad dorada hacia 1910. En la primera de estas localidades estaban
situados los establecimientos de Barroetaveña y Márquez, que generaban
elogiosos comentarios por parte de los cronistas periodísticos que las visitaban
debido a su envergadura y calidad de producción. En Quilmes, mientras tanto,
eran sitas las bodegas de Rosso y Spinetto (el mismo que fundó el mercado
homónimo), con producciones individuales que alcanzaban el medio millón de
litros.
Pero el emprendimiento
más insólito y menos conocido, sin dudas, es el viñedo y la bodega de Santiago
Rolleri, un prestigioso comerciante, quintero y vinicultor italiano afincado en
el barrio porteño de Caballito a finales del siglo XIX. El vértice norte de su
propiedad de 14 hectáreas era exactamente el centro geográfico actual de la Ciudad
de Buenos Aires: el monumento al Cid Campeador. Rolleri elaboraba anualmente unos 170.000
litros de vino, pero vendía mucho más, ya que también era un activo importador y
distribuidor de bebidas. Una de sus marcas, llamada “Locomotora”, llegó a ser muy popular en la época. Hacia
1900 decidió permitir la apertura de calles que demandaba el municipio dentro de su
finca y loteó el resto para urbanización, ya que la ciudad crecía y presionaba
mucho. Claro, es difícil imaginar hoy un viñedo en ese lugar, pero el hecho es
que lo hubo, y que hoy podemos recordarlo.
Para leer más sobre
estas historias, estos son los links al blog Consumos del Ayer
Cuando San Nicolás era una potencia
vitivinícola
Las bodegas perdidas de Escobar y Quilmes
Don Santiago Rolleri, los viñedos de Caballito
y el vino “Locomotora”

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