La guarda prolongada
de botellas en las bodegas caseras parece destinada a desaparecer. ¿Las causas?
Vinos pensados para ser bebidos jóvenes, dificultades de espacio y poco tiempo
disponible, entre otras.
Todo parece indicar que la guarda privada de etiquetas va camino a convertirse en una excentricidad reservada para un grupo minúsculo de fanáticos de mucho dinero, y no un ejercicio frecuente entre los aficionados de todos los segmentos sociales, como fue durante décadas. Las estibas largas en tiempo y grandes en número, como esas que sabían revestir paredes y muebles de las residencias de antaño, ya casi no existen. Y lo que es más importante: el mismo concepto de comprar vinos para guardar está desapareciendo, según lo confirman quienes trabajan diariamente con los consumidores. Ahora bien, no es simple detenerse a analizar semejante fenómeno puesto que sus causales tienen profundas raíces en cuestiones económicas y sociales muy complejas, pero es posible esbozar algunos de los motivos más evidentes. Es cierto que numerosas etiquetas de alta gama resisten varios años de guarda con amplias posibilidades de crecimiento cualitativo, pero no es menos cierto que, en general, todos los vinos tintos de nuestro país pueden ser consumidos apenas lanzados al mercado. Sería muy engorroso ahondar en las razones técnicas de ello (cambios en el manejo del viñedo, mayores niveles de madurez de la uva, enología más eficiente, etc), pero nadie duda de que ya no existen los taninos de aspereza insoportable ni la acidez que corroe el paladar. Los ejemplares de hoy pueden ser cálidos y potentes, pero casi nunca agresivos.
Por otra parte, el acceso cada vez más fácil a una gama de
vinos enormemente amplia en términos de marcas, añadas y orígenes geográficos
vuelve a la estiba hogareña un ejercicio imposible por inabarcable. Hace
treinta años, un buen aficionado podía guardar en su casa varias botellas de
las pocas decenas de marcas de alta calidad que existían en el mercado
argentino, además de algunas etiquetas importadas adquiridas vía viajes o
regalos. Hoy, para hacer eso mismo, se necesitaría todo el espacio disponible
en una mansión de muchas habitaciones, y el cálculo está hecho en base a una
sola cosecha de cada vino; la guarda de varias cosechas de cada etiqueta
demandaría alguna especie de galpón debidamente acondicionado. Mientras tanto,
muchas vinotecas actuales ofrecen una variedad de añadas diferentes de un mismo
vino (algo que no existía antes), lo que hace carecer doblemente de sentido a
la guarda en el hogar. La posibilidad de hacer comparaciones tipo degustación
vertical se encuentra hoy al alcance de la mano, en muchos lugares y en el
momento que el consumidor lo desee, sin necesidad de dedicar años enteros a
formar una estiba personal y sin los riesgos
de accidentes, robos o problemas de conservación que acarrea.
No hay que dejar de lado los motivos de orden puramente
práctico, como son aquellos relacionados con la dificultad y el alto costo
inmobiliario, que transforman a un recinto de pocos metros cuadrados en un
espacio demasiado valioso como para destinarlo a estibar eso mismo que en
nuestros días se puede obtener a la vuelta de la esquina o, directamente, sin
moverse de la casa. El precio de los vinos también hace lo suyo. Para el
consumidor de hace un par de décadas, la compra de varias cajas de los mejores
vinos de entonces constituía una erogación alta pero soportable, mientras que
hoy puede llegar a ser equivalente al precio de un vehículo pequeño con pocos
años de uso. El cálculo es simple: 250 botellas (que no es mucho, apenas un
mueble tipo ropero), a un valor promedio de u$s 30, que tampoco es tanto. Ello
indica que poseer una nutrida reserva de excelentes ejemplares no sólo es caro,
sino que ya no resulta interesante como inversión a futuro, ni siquiera para los millonarios vernáculos.
Por lo visto, los pequeños ejércitos de botellas
prolijamente acostadas en largas estanterías serán muy pronto una imagen
exclusiva de los comercios especializados. El frenesí de la vida moderna, el
poco tiempo disponible, los costos crecientes, la falta de espacio físico y,
fundamentalmente, la visión del vino como una bebida fácil y accesible, carente
de la mistificación del pasado, están terminando con esa práctica tan antigua.
El tiempo dirá si la desaparición de las cavas hogareñas será para siempre, o
si algún día resurgirán.


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