La abundancia de vinos
dulces contrasta con una demanda localizada casi exclusivamente en determinados
segmentos específicos. Por eso, la oferta de marcas parece fuertemente sobredimensionada.
Después de décadas de olvido, los buenos vinos dulces naturales se reanimaron súbitamente a principios de los noventa, ayudados por una combinación de factores que incluyó moda, sentido de la oportunidad y capacidad de innovación. Su redescubrimiento se basó en la búsqueda del máximo placer en el momento de la sobremesa y en la asociación del consumo con los mayores niveles de sofisticación y refinamiento. Los años de convertibilidad trajeron consigo diferentes ejemplares de Oportos, Sauternes, Tokays y hasta Icewines, pero mucho más frenético fue el crecimiento del segmento producido por las propias bodegas argentinas, que en pocos años se lanzaron a elaborar y presentar en masa un estilo que rápidamente dio lugar al estereotipo comercial llamado "tardío". Con ligeras variantes pero muchos elementos comunes entre sí, la nueva categoría comenzó a crecer hasta convertirse en algo bastante común, quizás demasiado para un público que aún hoy no se ha adaptado completamente a su consumo.
Al tiempo en que los vinos dulces tipo tardío comenzaban a proliferar por las góndolas de vinotecas y supermercados, era posible advertir algunos elementos de similitud en cuanto a imagen: botellas alargadas de medio litro, etiquetas bastante elaboradas y nombres casi siempre alegóricos a vendimias largamente demoradas en plácidos otoños de idilio. También los precios trepaban hasta valores importantes, supuestamente justificados por las partidas pequeñas y exclusivas, lo que no ha dejado de suceder hasta hoy. Hace al menos un par de años que esta invasión ha comenzado a dar muestras de sus flaquezas. Como suele ocurrir cuando se trata de cuestiones que no resultan positivas, los referentes de la industria se muestran muy cautelosos (cuando no temerosos) a la hora de dar una opinión "oficial". Pero fuera de las conversaciones formales, todos coinciden en que el segmento se encuentra completamente "planchado" por diversas razones, que resultan interesantes para enumerar y analizar. En primer término, bodegueros y comerciantes citan al monstruoso crecimiento de marcas ocurrido en la última década, que ha llegado a superar holgadamente la demanda. Sólo algunas etiquetas históricas y otras económicas parecen moverse con algo de soltura, mientras que el resto duerme la siesta del olvido en las estanterías. También se menciona la equivocada política de precios llevada a cabo por la mayoría de las bodegas elaboradoras de "tardíos", que llevó los valores a sumas habitualmente superiores a los cincuenta o sesenta pesos para un tipo de vino no reconocido por la gente como algo que justifique semejante erogación. Y, fundamentalmente, a la indiferencia de la masa consumidora nacional, que prefiere la sobremesa con espumantes o con el mismo vino que acompañó la comida. Hay un dato que confirma esto último de manera lapidaria: muy pocos restaurantes disponen de tardíos en sus cartas, lo que habla a las claras de un consumo que no ha adquirido la relevancia suficiente como para crear una demanda a tono con la generosa oferta.
Así, la industria vitivinícola local se encuentra en una verdadera encrucijada entre discontinuar productos o invertir en costosas y largas campañas para educar a un público que, en general, se muestra cada vez más reacio a ser educado. Los tiempos que vienen serán testigos del final de esta historia comenzada hace pocos años. Por lo visto, la aceptación del vino dulce como una costumbre gastronómica habitual y natural no parece estar cercana, pero la numerosa miríada de etiquetas existentes parece pedir soluciones urgentes. Sólo así se evitará una masiva extinción de marcas que, tal vez, ya mismo se esté gestando.
Foto © Ellmer | Dreamstime Stock Photos


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