Las variedades
Chardonnay y Cabernet Sauvignon son frecuentemente señaladas como las “reinas”
entre sus pares. ¿Alguien se preguntó por qué? Razones históricas y genéticas
justifican plenamente sus respectivas famas, aunque la profusión de nuevos cepajes haya
empezado a socavarlas lentamente.
Más allá de gustos personales, hábitos de vida o condición
social, prácticamente ninguna persona en el mundo desconoce la fama
aristocrática de dos variedades de uva y sus vinos resultantes: Chardonnay y
Cabernet Sauvignon. En efecto, la sola mención de sus nombres evoca de
inmediato una especie de realeza vitivinícola, y no es para menos. Con la
primera se elaboran los míticos vinos
blancos de la Borgoña, como el Montrachet o el celebérrimo Chablis, y también
el vino base para el espumante más famoso de la Tierra, el Champagne (y sus
innumerables imitaciones), sin olvidar que en algunas regiones del Nuevo Mundo,
como Estados Unidos, el consumo de Chardonnay
tuvo dimensiones de furor en las dos últimas décadas del siglo veinte.
La segunda variedad en juego cuenta con credenciales todavía más
impresionantes: constituye la piedra fundamental en los legendarios tintos de
corte de Bordeaux, especialmente en la zona del Medoc, a la vez que logró
expandirse con éxito por todo el planeta, hasta el punto de no faltar en ningún
país productor de vinos del mundo para hacer honor a su prestigio.
Ese renombre internacional se asemeja bastante a lo sucedido
en nuestro país, aunque con ribetes históricos diferentes. En la Argentina, el
Chardonnay no fue muy conocido ni cultivado hasta bien entrada la década de
1990, mientras que el Cabernet Sauvignon tiene una historia de producción y
consumo comparable, en términos cronológicos, con el Malbec. Asimismo, la fama
del noble tinto bordelés cuenta con años de trayectoria en los gustos y el
imaginario del consumidor local, que todavía hoy lo sigue identificando como
“el vino”, destinado siempre a presidir los mejores cortes, a realzar las
ocasiones gastronómicas de mayor importancia o a madurar largos años en las
cavas más selectas. Además, en el ámbito de los blends, la fórmula Cabernet
Sauvignon, Malbec y Merlot, con predominio del primero, ha tenido y sigue
teniendo fieles seguidores entre productores y vinófilos. En proporciones adecuadas
y tras una buena crianza, el corte en cuestión constituye la quintaesencia del
vino de paladar elegante, pero a la vez poderoso y duradero.
Así y todo, como cualquier realeza que se precie de
tal, las intrigas palaciegas están a la
orden del día con una larga lista de aspirantes al trono. Los sediciosos están
encabezados por individuos con historias y perfiles bien distintos. Cepajes
emblemáticos, variedades de moda, vinos
olvidados que fueron súbitamente redescubiertos, son algunos de los “rivales”
que enfrentan hoy tanto Chardonnay como Cabernet Sauvignon. Una rivalidad que
volvió más interesante y variado el mercado de vinos, es cierto, pero que
también ha transformado a ese mismo mercado en una torre de Babel. En semejante
contexto, las dos reinas luchan por mantener la supremacía y ser reconocidas
como lo mejorcito en materia de vinos.
La primera condición que debe tener cualquier variedad de
uva que aspire a ser cultivada en todo el mundo es una llamada “plasticidad”.
Ese término, tan frecuentemente utilizado en el mundo de la viticultura, alude
a aquellos cepajes que se desarrollan sin problemas en climas y suelos muy
diferentes entre sí, sin perder por ello sus aromas y sabores más reconocibles.
El Chardonnay cumple esa condición con creces, ya que sus rasgos de tipicidad
más elementales no se alteran sustancialmente al cambiar de entorno ecológico.
Otra cualidad sumamente remarcable es su capacidad para ser producido de
distintas maneras, ya sea como vino muy liviano de cosecha anticipada para base
de espumantes, como vino fresco sin madera o como un grueso y complejo vino de
guarda. En los últimos años, varias elaboraciones en dulce indican que esa
diversidad no está para nada agotada. Sin embargo, existen algunas personas que
lo tildan de “aburrido”, quizás sin tener en cuenta la enorme multiplicidad de
caras que ofrece según regiones y hacedores. Si hablamos del Chardonnay barato
y estandarizado, tal vez sea así. Pero si empezamos a probar en serio, de todos
los tipos y en todas las franjas de precio, la cosa cambia radicalmente.
No ocurre lo mismo con el Cabernet, el cual, a
pesar de estar hoy sumamente opacado en la Argentina por el auge del Malbec, no
tiene ningún estigma molesto del cual librarse. Todo el mundo reconoce sus
virtudes, solo o integrando cortes en los que aporta su presencia arrolladora y
su capacidad para sostener estructura y aportar longevidad. Incluso, las
opiniones están en este caso más ligadas a una circunstancia temporal, que hace
que actualmente el Malbec se lleve toda la atención. Tal vez, la clave de
todo pase una cuestión de actitud: animarse a elegir sin verse obligado a optar entre cosas que no
necesariamente rivalizan. Independientemente de los vaivenes del mercado
mundial, las tendencias o las modas, nada impide jugar con la variedad y
permitirse el lujo de probar sabores clásicos y sabores novedosos sin ningún
tipo de ataduras. Por eso,
de acuerdo a la ocasión, la comida o el precio, bien se puede transitar un
camino sensorial en donde Chardonnay y Cabernet Sauvignon convivan
armónicamente con Malbec, Torrontés, Bonarda, Tempranillo, Viognier o Tannat,
sin tronos que disputar. Así, más que monarcas, serán representantes elegidos
en una verdadera democracia.
Fotos: Flickr CC photoskate y JBlondon
Fotos: Flickr CC photoskate y JBlondon

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