Las etiquetas de los vinos han ampliado la información que suministran al consumidor. No obstante ello, existen aún algunos datos que suelen ser expresados de un modo que no resulta claro, lo que da lugar a confusiones y engaños.
Un entendido en vinos diría que la etiqueta es un elemento
externo que no determina la calidad del producto, y muchos menos justifica su
precio. Pero, más allá de esta verdad, lo cierto es que el porcentaje de
consumidores con semejante grado de conocimientos, de seguridad y de independencia
intelectual es ciertamente ínfimo. Para la gran mayoría de la gente, los
rótulos que acompañan al envase siguen siendo el modo más directo y sencillo de
informarse acerca de las bondades del producto. De hecho, junto con el diseño
del packaging, esa información es absolutamente decisiva a la hora de
determinar la compra. Es cierto que los
datos asequibles en etiquetas y contraetiquetas actuales son mucho más
completos y útiles que hace quince o veinte años. Según el caso, hoy abundan
las botellas que suministran composición varietal, características de los
viñedos y particularidades de elaboración y crianza, entre otras cosas.
Este avance, desde luego, se hizo gracias a la voluntad de
las bodegas, aunque no todo lo que aparece en estos espacios es verdaderamente
transparente. El caso más evidente es el de la crianza en roble, tema en el
cual falta legislar, porque un consumidor inocente no sabe a ciencia cierta qué
tratamiento tuvo el producto que va a comprar: ¿fue realmente criado en roble,
o sólo tuvo “contacto con madera”? A esta altura, creo que el consumidor
argentino merece una norma que aclare la cuestión de un modo categórico: o
estuvo dentro de una vasija de roble, o le fueron insertadas piezas de ese
material. Y si eso no le interesa a la mayoría de las personas, no importa.
Muchos otros alimentos están obligados a declarar sus procesos de elaboración
con gran detalle, aunque a la gente no le interese. Como dice el dicho: mejor
que sobre y no que falte.
Pero, además de esa data voluntaria, ¿qué pasa con la información básica reglamentaria, la que tiene que aparecer sí o sí? ¿Es completa? ¿Sirve para algo? Veamos: alcohol, contenido neto, datos de la bodega y la infaltable leyenda “prohibida su venta a menores de 18 años”. Nada de eso parece ser muy complicado, pero la profusión de empresas que venden vinos elaborados por terceros pone en evidencia otra falla no menor. No está bien que la gente continúe recibiendo, como única información al respecto, la tradicional frase elaborado por bodega INV 70435 para Viñas del Montículo SRL. Dicho de otro modo, no se sabe quién lo hizo, a no ser que uno sea un funcionario del INV con acceso al nomenclador nacional de bodegas. Sería mucho mejor que las etiquetas señalaran, de manera obligatoria, no sólo a quien comercializa el vino y es propietario de su marca, sino también a quien lo vinificó. Porque la información siempre es buena y debe estar allí, aún si no se usa.


1 comentarios :
Siempre está bueno informar y no subestimar el conocimiento,ó la cultura de los consumidores. Es cierto que los que realmente saben son pocos, por no decir poquísimos. Y están lo otros que dicen saber. Pero también es cierto que he leído en algunas etiquetas que más se parece a un poema de Neruda o Mario Benedetti, que una descripción del varietal, referidos a olores y aromas.
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