EL SECRETO DE LAS VISITAS

Muchas veces se ha dicho, acertadamente, que el mismo vino o la misma comida no saben igual en diferentes circunstancias personales: cuanto más felices estamos todo nos parece más rico. Pero ¿qué pasa si recibimos invitados en casa?

La primera de las recomendaciones para todos aquellos que deseen agasajar a sus invitados es tener siempre una actitud cordial, alegre y atenta, lo que provoca un efecto positivo inmediato. De cualquier manera, las buenas intenciones no cocinan ni sirven vino por sí solas. Es necesario además aprender algunos trucos para que esa comida en casa con gente especial se convierta en un momento que no olvidarán. Y, mejor aún, que los hará hablar bien de sus anfitriones. Para ello, existe un antiguo recurso que asegura el éxito tanto en cuestión de obsequios como de agasajos: conocer previamente los gustos del destinatario. En caso de invitar gente a casa, las preguntas obligadas son qué tipo de comida les apetece, o qué cosas no pueden o no quieren comer, lo que evita equivocaciones imperdonables. Pero no es frecuente, en cambio, consultar con antelación sobre preferencias en materia de vinos. Y allí puede estar la clave del asunto. Para los invitados, la sorpresa de encontrarse con un vino favorito - mejor si esa concordancia se da también en la comida - suma muchos puntos en términos de satisfacción y elogios. Desde ya que la sorpresa sólo será tal si en los días previos el anfitrión se ocupa de hacer las averiguaciones correspondientes, de manera discreta, como quien no quiere la cosa.

En cualquier caso, los dueños de casa deben decidir si la comida será la protagonista, o si el vino tendrá el privilegio del estrellato. Cuando hay invitados formales es muy común - y hasta lógico - optar por comidas elaboradas, de sabores complejos, cuya sabia combinación resalta las virtudes culinarias de quien tuvo la dedicación y la paciencia para hacerlas. En casos así, muchas veces es preferible elegir vinos buenos pero no extremadamente "importantes", ni caros, ya que la espectacularidad de la bebida puede llegar a opacar el sabor de los platos. Por el contrario, si esa noche habrán de ser abiertas grandes botellas, de esas que se guardan para una ocasión muy especial, es conveniente recurrir a preparaciones de porte simple, directo, capaces de acompañar al vino sin pelarse con él. Las carnes rojas horneadas con papas, las pastas con salsas de tomate o queso, los arroces poco condimentados o incluso las tablas de quesos (evitando los de sabor fuerte), son buenas alternativas para sostener el sabor de los ejemplares vínicos más prestigiosos. Y nunca hay que olvidar lo siguiente: en ocasión de recibir visitas, la costumbre de echar mano a las mejores copas disponibles trasciende ampliamente las reglas protocolares o del correcto servicio del vino. La buena cristalería realza la ocasión y ayuda a la dispersión cromática del vino entre los comensales, haciendo que la mesa se vuelva más agradable. A no dudar entonces en el uso de lo mejor, que justamente suele ser lo que nos hace decir “nunca lo uso”. Bien, la ocasión ya está, sólo falta hacerlo.

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