Ya hemos hablado sobre
el potencial de añejamiento de los grandes vinos argentinos. Pero esta vez
logramos corroborarlo en una confrontación directa con algunos de sus pares
franceses y españoles.
Hace prácticamente doce meses publicamos una nota reseñando
cierta degustación de ejemplares argentinos con bastante tiempo de antigüedad. Un
año después (y no es casualidad la similitud de fechas), el sano hábito de
reunirse con amigos para comer y beber bien nos llevó a una experiencia
bastante similar. Sin embargo, en esta ocasión hicimos algo que muy pocas veces
se ha hecho por estas latitudes, al menos en el campo de las botellas añosas:
comparar buenos tintos nacionales con algunas etiquetas del Viejo Mundo. Como
bien señaló uno de los presentes, no es nada frecuente degustar tantas cosas
interesantes en la gama cronológica del “sub 2000”. Pero así lo hicimos
nosotros sin escatimar nombres prestigiosos de uno y otro lado del Atlántico,
con un resultado que constituye la reafirmación de lo que apuntamos el año
pasado, es decir, que los mejores vinos rojos de este país no sólo envejecen
bien, sino que su evolución se equipara a la de sus pares europeos.
Por el lado extranjero teníamos tres portentos -dos
franceses y un español- de sendas regiones clásicas y prestigiosas: Auxey Duresses de Louis Jadot 1994 (Cote de Beaune, Borgoña), Chateau La Fleur Cravignac 1994 (Saint Emilion, Burdeos) y Torres Gran Coronas Mas la Plana 1990
(Penedés). En el rincón criollo estaban, entre otros, Terrazas Gran Malbec 1999, Trapiche
Medalla 1997, Trapiche Iscay
1997, Gran Vino Cavas de Weinert
1994 y Montchenot 1989. Tremenda lista, por cierto, pero lo que más nos
interesaba era evaluar el estado de salud de tan antiguos caldos, su fuerza vital,
su frescura remanente y su equilibrio. En un caso así, lo lógico y casi
instintivo es atarse al estereotipo de mayor capacidad de evolución que tienen
los vinos europeos, lo cual, evidentemente, tiene algo de cierto. Pero también
cabe preguntarse con qué frecuencia se realizan catas como ésta, donde se
evalúan las bondades de los mejores vinos argentinos de la década de 1990.
Organolépticamente hablando, queda claro que casi no había
rasgos de fruta fresca (sería absurdo que los hubiera), pero sí mucho balance
entre notas especiadas, ahumadas, de frutos secos y café torrado, las mismas
que constituyen el segundo escaño temporal entre la voluptuosidad de la
juventud y la decrepitud absoluta de la vejez extrema. Todos los vinos
mencionados fueron ponderados por al menos diez personas vinculadas a la
actividad vinícola y gastronómica, especialmente en lo que hace a su integridad
estructural, su elegancia y su carencia absoluta de defectos. Y eso, en
definitiva, es la mejor y más interesante conclusión de todo el acto: el
dignísimo papel de nuestros buenos tintos frente a los clásicos de Europa, sin
nada que envidiar en cuanto a calidad y lozanía
luego quince, veinte o incluso más años de existencia al abrigo de la
botella.
Queda por plantear un último interrogante. Salvo alguna
excepción puntual, todos los especímenes locales fueron elaborados por enólogos
que ya no revisten en las filas de esas bodegas. La pregunta es la siguiente, y
vale no sólo para esas marcas, sino para todos los tintos argentinos de alta
gama: ¿tendrán la misma durabilidad los vinos que se elaboran hoy en día, de la
mano de enólogos jóvenes con carreras demasiado meteóricas y rutilantes, pero
sin demasiada experiencia? Para saberlo tendremos que esperar, al menos, diez o
quince años…









