LA SUPERVIVENCIA NO ES UN INSTINTO









Antiguamente se consideraba necesaria la existencia de una fuerza o factor animante especial para que los organismos vivos se comportaran de un modo tan diferente al resto de la materia. Se postulaba, pues, la existencia de dos clases de materia: la materia animada y la materia inanimada. Naturalmente, los descubrimientos de Charles Darwin acabaron con aquella visión primigenia de las cosas. Más tarde se demostró, incluso, que las ideas de Darwin eran correctas en un sentido general (el de la evolución de la vida), pero igualmente primitivas en sus fundamentos. En efecto, no son las especies ni los organismos vivos los que logran adaptarse y evolucionar por sí mismos, sino sus genes. Estas formidables secuencias de moléculas son llamadas también replicantes, es decir, entidades capaces de lograr que ciertos entornos las copien. Un gen exitoso es aquel que logra ser copiado ininterrumpidamente a lo largo del tiempo o, en otras palabras, el que logra adaptarse y sobrevivir en cualquier circunstancia.

Pero lo más interesante de todo es que semejante lógica no sólo se aplica a los organismos vivos. Verbigracia, un programa informático autocopiante (como un virus), es también un replicante. El prestigioso biólogo y genetista Richard Dawkins fue mucho más lejos y elaboró una teoría sobre las ideas replicantes, a las que llamó memes. Un buen chiste, por ejemplo, es una idea replicante puesto que logra –de manera completamente independiente y ajena a la voluntad de su creador- que quienes lo han escuchado lo repitan ante otras audiencias. La audaz teoría de Dawkins originó toda una ciencia para su estudio, la memética, que tal vez en pocos años pueda desentrañar la clave oculta detrás de esas ideas que son copiadas y vueltas a copiar, al igual que una buena secuencia de ADN.

Ahora bien, según mi modo de ver, el mismo razonamiento puede aplicarse perfectamente a los vinos exitosos. ¿No existen, acaso, vinos “replicantes” que se venden solos, sin ninguna ayuda del marketing? ¿No hay bodegas y marcas que logran mantenerse con éxito a lo largo de los años, sobreviviendo a las sucesivas crisis? Si lo pensamos un poco, todo eso existe y cobra una importancia enorme en épocas como las que nos toca vivir. Muchos protagonistas de la industria deben estar en este mismo momento devanándose los sesos en busca de una repuesta a la pregunta: ¿y ahora qué hacemos? Y tal vez no esté tan lejos, después de todo, la salida del atolladero. Basta razonar acerca de por qué esas bodegas, esas marcas y esos estilos de vinos parecen estar hechos para sobrevivir a todo.

Sería un error grave pensar en soluciones que pasan exclusivamente por factores puramente comerciales, financieros o productivos.  Recordemos que no es una cuestión exclusiva de dinero, ya que hubo enormes inversiones vitivinícolas completamente malogradas. Tampoco de calidad, si consideramos la cuantía de vinos excelentes desaparecidos del mercado. Y mucho menos de marketing o logística, dado el mismo final fallido que sufrieron tantas marcas ampliamente promocionadas y mejor distribuidas. Repito: es un tema de adaptación, de supervivencia, de inteligencia para potenciar los propios recursos en sintonía con las circunstancias. Es decir, de poner en funcionamiento los “genes” que producen, como resultado final, esa suerte de replicación en la góndola, porque una botella bebida con placer equivale a un consumidor satisfecho que volverá a comprar otra y aconsejará a otros que compren lo mismo. Y eso, más allá de los meros ajustes coyunturales, nunca falla.

Foto Flickr CC Uncalno

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