Con un incremento de
ventas que supera a cualquier otra franja del mercado de vinos, los frizzantes
ocupan un espacio creciente entre las preferencias del público joven.
A pesar de que casi nadie los toma muy en serio, los vinos
frizzantes constituyen uno de los éxitos comerciales más remarcables de la
última década. Su consumo se incrementa en estos meses cálidos, pero ya nadie
duda que han conquistado decididamente ciertos ámbitos muy difíciles de
alcanzar por el resto de los productos vínicos, como el público joven, la noche
y el consumo a deshoras. Nada de eso es fruto de la casualidad, ya que todos
tienen elementos en común en cuanto a sus características enológicas,
especialmente lo referido a grado
alcohólico, tenor azucarino y presión de gas carbónico. En versiones blancas,
rosadas y tintas (no incluimos aquí a los saborizados y/o coloreados
artifIcialmente), cuentan con un perfil
que tiene como último –y tal vez único- propósito el trago extremadamente
fácil.
Es que de eso se trata, precisamente, la idea de lanzar el
mercado este tipo de etiquetas, cuyo principal atractivo reside en la
posibilidad de beber mucho y sin complicaciones. Desde luego que ninguno de
ellos se presta para el análisis complejo o la cata concienzuda, no obstante la
evidencia de ciertos “estilos” de producción que identifican a las principales
bodegas elaboradoras. De hecho, las marcas realmente líderes en el segmento son
apenas un puñado, acompañadas por otro pelotón que está buscando su lugar en
tan interesante mercado. Quiérase o no,
los frizzantes forman parte de la industria y su éxito está dando lugar a
constantes lanzamientos en la materia. Por eso, sin preconceptos de ningún
tipo, probamos los siete especímenes mejor posicionados dentro del segmento.
Frizze Tinto ($ 24): el
más vendido en términos de volumen modificó su estética y su contenido hace
poco tiempo. En efecto, el vino suave y dulzón de sabor aguado ha dado paso a
un producto con bastante más cuerpo, de color rojo decidido y agradables aromas
frutados. Se puede tomar con hielo y sin culpas.
Suá Blanco ($ 27): la
bodega Robino acredita una larga trayectoria en la tarea de hacer vinos con burbujas, naturales o agregadas.
Este blanco posee tonos gustativos acaramelados en concordancia con el gusto
dulzón, todo bien integrado a un alcohol que oscila siempre entre 11 y 12
grados.
Suá Tinto ($ 27): el
burbujeante en cuestión no niega su pertenencia a la firma que lo elabora, ya
que se lo nota amable y untuoso, con cierto tono de “arrope” tan
característicos de los gasificados al uso italiano que la casa elabora desde
hace décadas. Se puede consumir solo o con picadas y postres, muy frío
Septiembre Cool Wine
Blanco ($ 30): la marca de referencia nació hace casi veinte años para bautizar
a un vino rosado, pero más tarde se amplió hacia el ámbito de los vinos “no
convencionales”. Hoy, el blanco de la escudería es bastante “serio”, ya que
cuenta con aromas y sabores nítidos en el marco de un dulzor moderado
Septiembre Cool Wine
Tinto ($ 30): casi todas las marcas del tipo que nos ocupa se presentan
como “parejas” de tinto y blanco. La versión roja del Septiembre acusa un
cuerpo medio, burbujas muy sutiles y un dulzor más notorio que su hermano
blanco.
New Age Blanco ($ 30):
precursor indiscutido de los frizzantes argentinos, nacido en los
difíciles años del cambio de siglo.
Desde el comienzo fue un suceso por estilo e imagen. Actualmente conserva un
perfil basado en aromas frutados y florales, dulzor delicado y espuma tenue.
New Age Tinto ($ 30):
algunos años después que su
compañero blanco nació el New Age tinto, que acusa un azúcar dentro de los
lineamientos que caracterizan a todos sus similares (alrededor de los 40 gramos
por litro), a pesar de lo cual es fresco, nada empalagoso, ayudado por el
“picor” de las burbujas tan necesario para estimular las papilas gustativas.


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