El vino y el negocio
gastronómico van de la mano desde hace mucho tiempo. Sin embargo, los grandes
cambios ocurridos a partir de la década de 1990 modificaron el monótono panorama
que reinaba desde hacía más de cincuenta cien años.
Los que pisamos los cincuenta recordamos muy bien lo que era
comer y beber en un típico restaurante porteño durante las décadas de 1970 y
1980. Pero desde mediados del decenio siguiente todo empezó a cambiar, tanto el
vino como la gastronomía, y llegó el fin de una época. ¿Alguien recuerda los tradicionales restaurantes
de Buenos Aires y sus existencias de vinos allá por 1990? La idea es tratar de
rememorarlo y de comparar la situación de entonces con la actual. Para
entenderlo bien, es necesario primero hacer un poco de historia.
Las décadas de 1930 y 1940 trajeron consigo dos fenómenos en
el ámbito del vino argentino, cuya naturaleza hace que se expliquen entre sí:
aumento de la demanda en volumen y caía de la demanda por calidad. Los años de
oro y la belle epoque habían quedado
atrás, mientras el antiguo modelo de imitar a los vinos europeos iba siendo
relegado por el del vino simple y masivo, de identidad nacional, rotulado como la "bebida de los pueblos
fuertes". Por supuesto, las bodegas de vinos finos nunca llegaron a
desaparecer, pero lo cierto es que la industria se fue adaptando para
satisfacer a un público que reclamaba muchos litros con pocas pretensiones
cualitativas. Esta tendencia se hizo sentir fuertemente en el panorama
gastronómico de Buenos Aires. Acompañando el auge de los locales populares de
comida, como cantinas y pizzerías, el servicio del vino se volvió ciertamente
más informal y despreocupado. Bien podría citarse al medio siglo transcurrido
1930 y 1980 como la "edad de oro" de un estilo de comer y tomar que
aún hoy se resiste a desaparecer del todo. Fueron los tiempos dorados del
pingüino, del sifón con malla protectora de plástico, del moscato con soda
(imprescindible en toda pizzería que se preciara de tal) y del Semillón como
sinónimo de vino blanco común (servido en gruesos vasos de vidrio
"lupa" que generaban una falsa imagen de volumen), entre tantas otras
modalidades de consumo que marcaron a no menos de tres generaciones de
argentinos. Quien suscribe llegó a ver, allá por principios de los setenta, el
punto extremo de la sencillez en el servicio de un modesto bodegón de barrio:
el "vino de la casa", de damajuana, fraccionado y llevado a las mesas
en botellitas vacías de gaseosas (de Crush,
invariablemente) como envase para la medida del "cuarto litro".
Mientras tanto, los locales de cierta categoría no estaban
mucho mejor que sus pares más modestos. Independientemente de los manteles
pulcros y los mozos rigurosamente uniformados, el servicio del vino dejaba
entrever una absoluta falta de interés por la cuestión, cuando no una fatua
ignorancia. Las cartas aburridas y eternamente reiterativas de las mimas marcas,
las botellas pésimamente estibadas por períodos prolongados y el servicio a
temperaturas absolutamente inapropiadas eran algunas de las falencias
estructurales que pesaban sobre los sitios donde se comía mejor (en teoría) y
se pagaba más (en los hechos). ¿Quién no recuerda aquellos largos artefactos
tubulares con los que los mozos "pescaban" las botellas dispuestas de
pie en altas estanterías que revestían las paredes del salón? ¿Alguien se
atrevería hoy a pedir un vino guardado en esas condiciones?


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