SI HAY BUEN PIQUE, HAY BUEN VINO

La variedad de pescados y frutos de mar que existe en la Argentina permite múltiples maridajes con los diferentes ejemplares  de la producción vinícola nacional.



A pesar de la cultura "carnívora" que domina el escenario de la gastronomía argentina, la gama de pescados comestibles que se encuentra diseminada en nuestros ríos, mares y lagos es verdaderamente enorme, así como la amplia variedad de vinos apropiados para distintos tipos de cocciones, aderezos y texturas. Habitualmente, los pescados se suelen dividir de maneras poco útiles a la hora de cocinarlos o comerlos, como "de mar" y "de río". Mucho más interesante es tipificarlos con un criterio gastronómico que tenga en cuenta el equilibrio de sabores según cada  plato. Un mismo pescado no resulta igual si está cocinado al vapor, donde su sabor se muestra de modo genuino y pleno, que si viene servido en un chupín cargado de salsa y condimentos. Siguiendo ese razonamiento, un mismo vino no tendrá igual efecto frente a un marisco crudo con limón que frente al mismo marisco en forma de parrillada o fritanga. Existen pescados de carne blanca y suave con sabores livianos, frágiles. A esta categoría pertenecen pejerreyes, lenguados y merluzas. En cocciones sencillas (horno, plancha, vapor), sienten amistad por los vinos blancos frescos de estructura dócil: Pinot Gris o Chardonnay sin roble  El siguiente escalón lo ocupan aquellos de textura media, en donde podemos considerar el salmón, la trucha y el esturión. Para complementar ese carácter se imponen blancos de buen cuerpo (Chardonnay y Viognier elaborados en roble),  rosados y tintos livianos, como el Pinot Noir. Los pescados de textura y sabor pleno son el pez espada, la sardina, el atún y la caballa, que se prestan perfectamente para combinar con aquellos tintos robustos representados por los buenos Malbec, Syrah y Cabernet Sauvignon, individualmente o en cortes.

La salsa, o cualquier otro tipo de cobertura, es un capítulo aparte. Un pescado con salsa de hierbas puede ir magnífico con un aromático Sauvignon Blanc o incluso con un Torrontés. Las salsas a base de manteca otorgan consistencia y untuosidad, permitiendo la puesta en escena de algún delicado Merlot o un joven Tempranillo. Para aquellas de gusto suave - hechas con crema - se puede volver a lo clásico: blancos simples y ligeramente frutados. Los pescados ahumados pueden funcionar bien con tintos criados en madera. Con el ceviche, los escabeches y las marinadas hay que actuar cuidadosamente debido a la presencia importante de vinagre o limón. En forma similar a lo que sucede con las pastas, el sabor de los mariscos no suele determinar por sí mismo la característica del plato. Incluso unas almejas crudas requieren de limón, que hace aconsejable el maridaje con espumosos secos o blancos de buena acidez. Los mejillones a la provenzal son complicados: recordemos que el ajo distorsiona el sabor de los vinos. Los calamaretti fritos van de maravillas con tintos carnosos al estilo Bonarda o Merlot. El pulpo, en su preparación más conocida "a la gallega", también concuerda con vinos tintos de aroma franco y frutado. Y siempre, si se trata de aromas y gustos no demasiado potentes, está la lujosa opción de los espumantes secos. Aquellos que cuentan con Pinot Noir (u otra variedad tinta) en su composición, soportan los ejemplares ictícolas más densos y sabrosos, incluso cocinados a la plancha o parrila. Los del tipo blanc de blancs, en cambio, se lucen mejor con aquellos de textura y sabor delicados.

Foto: Flickr CC stevegarfield

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