La sabia costumbre del tapeo,
hoy tan extendida, permite disfrutar una miríada de sabores distintos en una
misma comida. Actualmente las tapas se utilizan tanto para ese propósito como
para destacar las virtudes del cocinero, ya que es una manera simple de probar
diferentes preparaciones en porciones pequeñas, como un verdadero menú degustación. Y aunque no se las
considera como tales, es bueno analizar aquí al fenómeno paralelo - también
creciente - de las tablas, que
facilitan el ejercicio de entregarse al deleite con la más amplia variedad de
quesos y fiambres. Así, considerando a
las tapas y las tablas como una posibilidad cierta de probar variedades y
calidades de alimentos, no está nada mal aprovechar esas ocasiones para hacer algo similar con los vinos
que acompañan.. Cepajes, cortes y estilos
determinan el sabor justo según cada paso, porque una noche de tapeo es
también una noche para descubrir sensaciones.
Ahora bien, el mundo de las tapas es prácticamente
inabarcable. Hay tapas basadas en carne, pescados o vegetales, frías o
calientes, picantes o suaves. Desde unos buñuelos de acelga hasta un brochette,
casi todas las comidas pueden convertirse en tapas si la idea es disfrutar
probando. En función de eso, lo mejor es proponer una pequeña lista de tapas
exitosas y conocidas junto a los vinos que hacen un buen cortejo:
-Berenjenas fritas: Tempranillo
joven, apenas tocado por madera de roble.
-Albondiguitas de
cerdo: Malbec frutado pero intenso, de cuerpo medio.
-Pinchos de
champiñones y pollo: blend de Merlot y Syrah, de sabor fresco y especiado.
-Buñuelos de acelga: rosado
de Malbec, seco pero carnoso.
-Caracoles en salsa de
tomate: blend con Malbec y Bonarda, que amalgama untuosidad y frescura.
-Rabas: Chardonnay
o Semillón ricos y frutados.
-Patatas bravas: Merlot
complejo, con algo de añejamiento.
Pero hay otra posibilidad
para considerar, que no es precisamente una moda. En efecto, un pedazo de
queso, un buen pan y una copa de vino debe ser, seguramente, el maridaje más
practicado en la historia de la humanidad, al menos en la parte occidental del
mundo. En nuestros días, esta costumbre ancestral se puede verse multiplicada
en una tabla, donde existe la posibilidad de saborear diferentes
ejemplares. A diferencia de lo que
ocurre con las carnes, la grasitud láctica de los quesos no produce un choque
de sabores junto a los tintos recios y de cuerpo; al contrario, es la mejor
combinación. Los assemblages que
componen la aristocracia de los vinos - es decir, los más prestigiosos y caros
-, encuentran un momento brillante para ser degustados en ocasión de tablas que
incluyan ejemplares estilo parmesano, gruyere y fontina. Los quesos con un
pronunciado gusto salado, como la muzzarella, se llevan con tintos de cuerpo
medio a liviano en la línea de Pinot Noir y Sangiovese. Los de oveja y cabra
prefieren blancos frescos, de buena acidez, y los quesos azules o de gusto
punzante (roquefort, camembert, brie), armonizan perfectamente con vinos
dulces. Digno final para una jornada, sin dudas, es un buen queso azul con un
Oporto. Y dichoso el que lo disfruta.
Foto: La Tasca del Maipo
Foto: La Tasca del Maipo


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