Hace pocos días descubrí con sorpresa la acertada predicción que hice sobre lo que ocurriría con nuestra industria del vino si las cosas llegaban a continuar tal como se vislumbraban en julio de 2010. En efecto, una nota escrita para cierto medio en el que trabajaba entonces cuenta con algunos párrafos que hoy, casi tres años después, resultan proféticos. Un momento: ¿acaso soy una especie de Nostradamus vitivinícola y nunca me di cuenta? No, no es nada de eso, según creo. Más bien parece que tuve el buen tino de mirar a mi alrededor, analizar la coyuntura del momento y calcular lo que pasaría en pocos años si no se producían una serie de cambios que me parecían imprescindibles, tanto dentro como fuera de la industria. De todos modos, sólo debo remitirme a la definición del diccionario para el verbo predecir y con ello estoy seguro de que fue eso, exactamente, lo que hice: anunciar o avisar que un hecho iba a suceder. Ojo, no era yo el único que hablaba de tal posibilidad por aquellos días, pero estoy seguro de haber sido uno de los pocos que lo escribió con todas las letras.
Bien, el escrito de marras tenía como objetivo señalar la
necesidad de proponerle más y mejores opciones al sufrido, olvidado y nunca
bien ponderado consumidor local. Pero hete aquí que entre todo lo dicho en esa
oportunidad encontré algunas frases que me interesa destacar hoy, tres años
después. Por ejemplo, cuando aseguraba que “…el
sector no parece darse cuenta de la delicada posición que asume al poner todas
sus fichas en la exportación mientras descuida lo que sucede puertas para
adentro. Salvo raras excepciones, cada día son más las bodegas que
prácticamente renuncian a la comercialización en la Argentina por razones de
costos, de competencia desleal, de dificultades logísticas y de un largo
etcétera. Vender todo o casi todo en el exterior parece ser la gran panacea,
incluso cuando equivale a poner en riesgo la supervivencia futura del
negocio.” Y la cosa no terminó ahí,
dado que pocas líneas después me preguntaba lo siguiente: “¿Qué pasaría si la inflación, unida a un dólar subvaluado, acabara con
la rentabilidad de las ventas al exterior? Caramba, no quiero asustar a nadie,
pero eso ya está pasando. Y si no, en última instancia, podría pasar en
cualquier momento.”
¿Qué tal? La verdad es que hasta a mí me da un poco de
miedito cuando vuelvo a leer aquello, porque me imagino teniendo pesadillas
sobre futuros cataclismos. Hablando en serio, lo que de verdad me planteo ahora
es otra clase de preguntas, una vez que todo eso se ha transformado en realidades imposibles de negar o de ocultar.
Digo, ¿no se pudo o no se quiso actuar antes? ¿Por qué motivo el sector no
reclamó cambios en esa política económica que yo, un mísero y oscuro perito
mercantil, percibía como potencialmente nefasta para el vino? Creo que si se
hubiese actuado antes, con cohesión e inteligencia, se podrían haber mitigado
los duros efectos que hoy sufre la vitivinicultura. Pero eso no se hizo y la
oportunidad ya pasó. Ahora habrá que disfrazarse de otra cosa, aunque ese
disfraz es mucho más difícil de conseguir en un sector que parece cada día más
lejos de encontrar soluciones concretas para sus problemas.
Foto © Pasenger | Dreamstime Stock Photos


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