VOLVER AL MERLOT

La aparición de corrientes de consumo cada vez más fugaces tiene, a mi modo de entender, efectos claramente nefastos para la industria vitivinícola. Esas frenéticas modas que colocan ciertos tipos de vino en el podio del consumo durante algunos años obligan a cambios repentinos en una actividad que, como todos sabemos, debe manejarse siempre con objetivos a mediano y largo plazo. Rediseñar un viñedo, cambiar la estructura productiva o modificar las estrategias de comercialización son tareas que demandan varios años, muchas veces más que los que dura una moda determinada. Y en ese tsunami de esnobismo (que no es exclusivo de nuestro país, hay que aclararlo) suelen caer en desgracia estilos y variedades que se cuentan entre los mejores del mundo. Fíjense si no lo que ocurre con el Merlot, un cepaje legendario, de calidad más que comprobada, capaz de generar tintos excelentes y cuya adaptación a los terruños altos y frescos es bien conocida en nuestro país desde hace al menos medio siglo. Sin embargo, los propios empresarios del vino, algunos de los cuales elaboran ejemplares muy prestigiosos, reconocen con no poca amargura la dificultad para vender una botella que diga “Merlot” en la etiqueta.

¿Qué se puede hacer frente a tamaña injusticia? No esperemos mucho de la propia industria, actualmente más preocupada por subsistir que por hacer planes para el futuro. Pero los consumidores podrían (no me incluyo porque yo ya lo hice) redescubrir esta formidable uva y los complejos, elegantes y envolventes vinos que produce. Un buen Merlot es toda una delicia para los sentidos, además de madurar relativamente rápido en la botella, lo cual lo vuelve apto para ser apreciado a los pocos años de su salida a la venta. Vamos, hay que animarse. Aquí van, sólo a modo de ejemplo dentro de una lista mucho mayor, algunos de los dignos exponentes del espectro marcario vernáculo:

Tapiz Reserva Merlot 2008 ($ 115): un varietal mendocino muy apreciado por su correcta relación entre calidad y precio, que se suma a la buena definición de su cepa. Es rico, carnoso y complejo, como para deleitarse.

Pulenta Estate Merlot 2008 ($ 140): elaborado por una bodega que maneja muy bien las variedades de Bordeaux, en especial  Cabernet Franc y el Merlot. Aquí hay aromas plenos de fruta, especias y ese toque apenas verde que tanto gusta a los amantes de la cepa.

Fin del Mundo Reserva 2011 ($ 88): de la mano de Marcelo Miras, un enólogo que sabe mucho de Merlot Patagónico, nace este tinto que conjuga cuerpo con amplitud, frescura  y mineralidad. Imprescindible para entender lo que ocurre con este noble cepaje en las tierras del sur.

Joffre Gran Merlot 2007 ($ 93): es una verdadera lástima que no se ven nuevas cosechas de esta etiqueta en las góndolas, pero los que consigan el 2007 tendrán en sus manos un gran tinto en el momento óptimo para su consumo.

Angélica Zapata Merlot 2009 ($ 215): aunque la guarda de botellas ya no se practica con asiduidad, la experiencia del que suscribe con este vino es que, luego de 5 o 6 años, se vuelve estupendo, aromático, complejo y muy rico. Vale la pena esperar.

Catalpa Merlot 2010 ($ 125): como confirmando la excelente performance de su primo Cabernet Sauvignon, el Merlot de Catalpa se destaca como un ejemplar de la mejor calidad disponible en el mercado. Definido, pleno y a la vez delicado, muy bien hecho.

Humberto Canale Estate Merlot 2011 ($ 71): no se puede hablar de Merlot sin mencionar a Canale, quizás la bodega que más defendió a la cepa en los últimos cuarenta años. El Estate Merlot es uno de esos vinos que aún se ubican en una franja de precios amigable, y está realmente bueno.

Foto: Flickr CC JB London

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